13/8/17

Blancanieves

En verano, sube todos los días por el camino que bordean campos verdirrojos de tomates, lechugas, guisantes, pimientos y calabacines, tal vez un poco amoratados de berenjena. Siempre en el mismo punto, abandona el sendero unos minutos y reaparece con una manzana de las que llaman roñosas –por cómo esconden su dulzura bajo una apariencia jibada y ocre–. Yo la espero siempre cerca de la alberca; me escondo entre las cañas. La miro desvestirse con cuidado y lanzarse al agua. Nada sin descanso durante veinte minutos. Yo los cuento. Es muy metódica. Después sale, se seca un poco con la toalla y se tumba sobre esa roca de ahí para que termine de secarse su bañador negro. Cinco minutos; a veces casi diez. Todos los días imagino cómo será salvarla y que me lo agradezca. He esperado mucho tiempo a que algo ocurra, pero nunca sucede nada. Es muy buena nadadora. Pero nunca se sabe, ¿verdad, agente? Por eso todos los días vigilo desde aquí, agente, por si se le olvida respirar, por si alguna fuerza le impide sacar la cabeza y se ahoga. Porque si algo la mantuviera bajo el agua y no pudiera salir y no pudiera respirar, entonces yo la salvaría, agente. Y justo hoy ha sucedido, y yo me he lanzado al agua y la he sacado. Vea mi ropa mojada, agente. Y el charco que los dos hemos dejado allí donde está su cuerpo. Es desde donde ella entra en la alberca. Se termina la manzana de pie, apresurada. Casi sin masticar. ¿Ve ahí, en el suelo, el corazón? Me ha parecido un buen sitio para dejarla, agente. No se la lleve todavía, agente. Ella no querría irse. ¿Me dejará ir con ella, agente? Le prometo que no me escaparé.

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