- Buenas tardes, señor Marbà, ¿qué tal ha comido? ¿Le ha gustado?
- No. Verás, bonita, es que yo no como albóndigas, como no sean las de casa, y ya hace años que nadie me las prepara.
- ¿Su esposa era buena cocinera?
- Núria... ¡Ay! Sí, lo era, sí... Y tenía una sonrisa... Me recuerdas un poco a ella.
- ¡Menudo halago! Vamos, le ayudo a levantarse. Hay que caminar un poco.
- No, el médico me ha dicho que no debo.
- ¿El médico qué?
- Me lo ha dicho el médico: después de comer no debo levantarme, sino sentarme en el balancín -supongo que la cama también servirá- y no hacer nada, no pensar en nada.
- ¿Qué médico le ha dicho eso? Su médico ha dicho que necesita caminar para que las piernas se fortalezcan. Es lo normal después de una intervención.
- Me lo ha dicho el doctor Tió.
- ¿El doctor Tió? No lo conozco...
- Murió hace años.
- ¿Entonces cómo...?
- Me lo dijo hace algunos años. Creo que 74. Sí. Entonces mi hermano y yo teníamos una fábrica de alpargatas. Alpargatas Montserrat. Eran muy buenas, ya lo creo, pero la fábrica daba demasiado trabajo; íbamos muy cansados. Yo comí en un santiamén y me iba ciorriendo a la fábrica. Me puse enfermo. O eso creía. Mi madre me llevó al doctor Tió y él le dijo que no tenía nada grave, pero que después de comer no me levantara. Que no hiciera nada. ¿Ve? No puedo caminar ahora. Lo dijo el médico.
Gracias. Los que no podemos acompañar al abuelo en su convalecencia agradecemos sus historias.
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