
Nicolás, Juan, Ono y Naiara nos enseñaron el puente que da nombre a Puente la Reina. Quise preguntar cuál es su historia, pero Juan cogió una piedra y la lanzó con mucho estilo al centro del río (casi, casi...) y Nicolás y Joana lo imitaron. Y detrás de nosotros un corralón encerraba cuatro gallinas y un gallo que cacarearon encantados con las miguitas de pan que les llovían del cielo, incluso a pesar de las maliciosas patadas contra la alambrada. Y Juan, Nicolás y Joana (y Ono delante de ellos) se acercaron al borde del río, tanto como pudieron hasta que las mamás gritaron a dúo: ¡No! ¡Cuidado! ¡Caerás! ¡Hay ortigas! ¡No hagas locuras! ¡Si pisas un agujero...! ¡Paso atrás todos!, en un batiburrillo ininteligible y, no obstante, bastante claro: todos se alejaron del peligro.
Corrieron por el paseo y gritaron ¡Feo! a un coche que nada había hecho para merecer el insulto. Ono advirtió: os apunta con su tubo de escape... Tal vez os lance una nube de humo negro que os hará toser... Comprendieron: ¡Guapo! ¡Ahora os lanzará caramelos! Joana recogió un puñado y repartió. Había una piruleta enooorme como rueda de camión; costaba levantarla del suelo.
Y lo mejor de esos caramelos es que no nos quitaron el hambre. Nicolás demostró de lo que uno es capaz por una chica: probó la lechuga, intentando contener las muecas. Juan no tenía que demostrar nada a ninguna chica, pero se zampó dos platos de puré. Y los demás, unas albóndigas tan sabrosas como grandes (vamos, que con cada una se podía alimentar una familia en tiempos de crisis).
La lechuga de Eva.
ResponderEliminarHombre, Sergio, visto lo visto las manzanas me parecen más peligrosas...
ResponderEliminarDíselo a Nicolás.
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