28/6/08

un hombre bueno

Murió el mismo día en que un bando municipal anunciaba que quedaban abolidas por ley todas las cruces y demás signos religiosos en lugares públicos. Aunque creo que el bisbiseo vecinal desparramó la noticia por todo el pueblo antes incluso de que el papel saliera a lucirse en la calle. Oí cómo se preguntaban unos a otros que qué querían decir, que si en la iglesia sólo iban a dejar los bancos. En todos los retazos de conversaciones que escuché se oía siempre alguna voz alarmista, que si entrarían en la casa a robarnos a santa Gema, que si habría que esconder los escapularios entre la harina, incluso oí vaticinar la quema de la casa parroquial. Mamá no daba mucho crédito a estas noticias, sobre todo porque debía encargarse de los preparativos para el funeral. Estaba triste; triste y también algo más que no supe qué era, pero que supongo que se debía a una preocupación natural por los cambios que nos llovían y que no terminábamos de entender. Ella ya había hablado con don Salvador, el párroco. Sí, claro que sí, un funeral sencillo, mañana.

En la iglesia, nuestra única cruz seguía en su sitio: detrás del altar. Tampoco faltaba la Inmaculada, con su serpiente dragonina bajo el pie y su manto azulado, ni san Pedro con sus llaves, ni san Jaime peregrino. Todo seguía allí. Al funeral vino mucha gente, todos del pueblo. Que yo sepa, no tenemos familia fuera de aquí. Don Salvador miró a todos antes de hablar. Al menos, pareció mirarnos uno por uno, y éramos muchos. Habló del abuelo, pero ya no era el abuelo, sino su amigo. Don Salvador había estado en casa algunas veces, y yo le había oído hablar mucho con el abuelo, de cosas que habían hecho los dos juntos hacía mucho tiempo. Si se quedaba a comer, solía contarnos historias divertidas como cuándo robaban naranjas amargas y se hacían de rogar para regalar alguna, como si fueran sabrosas y dulces. En la iglesia, mientras nos miraba, pensé que iba a contar alguna historia, pero no lo hizo. Solo dijo que era un hombre bueno.

De camino al cementerio le pregunté a mamá por qué no había contado lo de las naranjas. Me contestó que don Salvador había dicho lo más bonito que se podía decir de alguien. Quise preguntarle si era cierto, si el abuelo era de verdad un hombre bueno, pero no me atreví. Mi madre, como si lo supiera, añadió: mi padre era el hombre más bueno que he conocido; todos en el pueblo lo saben.

La comitiva se detuvo ante las puertas del cementerio. Estaban abiertas, pero no se atrevían a pasar. La cruz que coronaba el muro había desaparecido. Nadie hablaba. Vamos, dijo mamá. Y todos entramos. Dentro, los nichos seguían en su sitio, y en algunos había flores frescas. Pero ni una sola cruz.

Volvimos a casa en silencio. Mi madre nunca llora y tampoco lo hizo entonces, pero debía de dolerle mucho la ofensa, porque me apretaba la mano con tanta fuerza que me hacía daño.

Fuimos al cementerio otra vez muy temprano por la mañana. Cerca de casa crecían unas flores pequeñas y blancas que a mamá le gustaban mucho, y recogí un ramillete para el abuelo. Y como la vez anterior, nos paramos en seco ante la entrada, porque en cada una de los dos batientes de la puerta estaba pintada una gruesa cruz de alquitrán.

2 comentarios:

Enric dijo...

Fantástico - pero con mucho mar de fondo.

Sergio dijo...

Gruesa y de alquitrán; me gusta.