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9/9/11

Cómo te ven


Comentarios al paso acerca de la Joana de primaria:

- ¿Qué tal el primer día de clase?
- Muy bien. Pero casi lo único que hemos hecho ha sido hablar y hablar.
- Vamos, que has estado en tu salsa (su padre).

***

- ¿Ana? -es la maestra de este curso- Quería preguntarte algo, si tienes un momento.
- ¡Pero qué hija tienes! ¡Me dio la vuelta a la clase con su alegría!

13/7/11

A nadie


Primer día en la escuela de verano (deporte, piscina, juegos y demás, pero en inglés). Mi prima, profesora de los más pequeños, me pasa el informe:

- Ha estado muy bien. Bueno, ya la conoces. Miss Christy, nuestra veterana de inglés y su maestra, está entusiasmada: que qué carácter tan abierto, qué simpática, qué habladora, menudo nivel de inglés, etc.

Me ufano, claro, pero procuro que no se me note demasiado.

Segundo día en la escuela de verano (más de lo mismo, pero sin piscina, que está nublado). Mi prima regresa con Joana.
- ¿Qué tal, Joana? ¿A quién has hecho enfadar hoy?
- A nadie.- responde muy segura y sonriendo.

Mi prima la mira con media sonrisa: ¿A nadie? Pero si me ha dicho miss Christy que hoy ya ha conocido tu genio, que te has puesto a gritar que allí nadie te hace caso y no sé qué más.

Como mi cara empieza a nublarse más que el día, añade: Pero también me ha dicho que la ha dejado hacer y que en un momento se le había pasado.

Joana se defiende de la acusación sin pestañear: Bueno, pero ella no se ha enfadado, sólo yo.

14/4/11

el camino


Inconvenientes de bajar a la universidad caminando (45'): riesgo de ampollas.
Ventajas de que mi camino sea también el de Santiago: cualquier peregrino lleva tiritas en el bolsillo.

7/4/11

Esos entrañables desconocidos



Para aprovechar el sol de la tarde, pasamos por casa a recoger los patines y nos montamos en el autobús, rumbo al centro de Pamplona. Joana quiere sentarse en la plataforma más inclinada e inverosímil que encuentra, pero voy demasiado cargada y la obligo a seguir un poco más. Hay cuatro asientos libres, dos de frente, dos de espaldas. Nosotras elegimos ir en el sentido de la marcha. Joana empieza a contarme una historia. En la siguiente parada, una mujer de mediana edad y jersey anudado al cuello se acerca e indica a su hijo que se siente frente a nosotras. Después se sienta ella. El muchacho parece mayor que yo. Lleva el jersey al cuello, como su madre. Nos mira un momento, pero desvía la mirada. Está serio. Tiene la cabeza algo ladeada y fija los ojos en ninguna parte.
Mientras tanto, Joana sigue con su historia. Pero pierde el hilo, lo retoma, intenta seguir un poco más, se le escapa la voz y la historia se interrumpe. Susurra:

- Mamá, ¿qué le pasa?
- ¿A quién?
- A ese chico. Mira sus ojos...
- Ah... Bueno, puede que tenga vergüenza.
- ¿De qué?
- Pues tal vez de ti.
- Me dan miedo sus ojos.
- Prueba a saludarlo.

Ahora lo mira a él.
- Hola...
El chico la mira, aún con la cabeza ladeada y su jersey al cuello, pero todo en él sonríe.
- Hola, soy Daviz.
Y tiende su mano hacia Joana. Ella me mira y se asegura: ¿Daviz? Sí, eso ha dicho. Vuelve a mirar de frente, sonríe y estrecha convencida la mano que le tienden:
- Hola, yo soy Joana.

Esperaba que hablaran, pero la verdad es que no se dijeron nada más. Algunas paradas más adelante, nosotras nos despedimos y bajamos. Él aún sonreía.

- ¿Sabes, mamá? Yo también tenía un poco de vergüenza.

3/2/11

Decepción


- Mamá, ¿sabes que decían por la radio que fuéramos a comprar a un sitio donde tus sueños se hacen realidad? ¡Pues sólo es una tienda de armarios!

25/1/11

Momo

El domingo Joana fue al teatro. No era la primera vez, pero casi. Fuimos a ver Momo. Momo la cautivó desde antes de salir a escena, al leer la sinopsis en la cartulina que nos regalaron al entrar. Hoy se la ha llevado al colegio para leer el cuento de Momo a sus amigos.

- ¡Mamá! Se llama como tú, pero sin acento.

Pero se equivocaba. Yo no soy Momo. Ella es Momo.
Si hay en el mundo alguien a quien no conseguirían robarle el tiempo es a Joana.

- Por favor, Joana, vístete. ¿Cómo puede ser que aún estés así? ¿Con qué te has distraído hoy?
- Hoy... Con el aire.
- ¡Pero, Joana...!
- Mamá, no te enfades. Es que estaba usando mi imaginación.

Por no hablar, claro, de otras similitudes, como el terror de Momo a los peines o su afición por vestir de manera extravagante y colorida.



Procuraré que los hombres grises -que muy bien podrían ser hoy las redes de las que habla Allendegui- no me la cambien.

* La ilustración no es de Momo, sino de Joana, tal y como la ve un artista que, además, es un buen amigo.

24/1/11

literata



- Mamá, ¿cómo es la poesía esa de caminante no hay camino, se hace el camino al andar? ¿Me la dices?

Y se la recito mientras escondo un lagrimón en la comisura del párpado. ¡Mi pequeña pedante!

19/1/11

Como decía ayer...



G. y A. llegaron de Caracas a nuestra casa el 9 de diciembre. Ella tenía que defender su tesis doctoral, y esa es una excusa tan buena como cualquier otra para ver a los amigos. A nosotros, los adultos, nos trajeron un libro grande, pesado, duro, hermoso y repleto de fotos de Venezuela, para ver si nos convencían para devolverles la visita. A Joana le trajeron un libro chiquito, delgado, blando. Creo que al ver el título se me escapó un "¡ah!" emocionado: Píntame angelitos negros. "¡La canción de Machín!" -en lo que a música se refiere, mis hermanos y yo hemos disfrutado de una infancia muy carrozona-. G. me explicó: "¿Qué? ¿Quién? No, no. Se trata de un poema muy famoso del poeta venezolano Andrés Eloy Blanco". (A veces, G. parece la encarnación de wikipedia). Me moría por leerlo, pero supe contenerme.

- Anda, léeselo tú.

Y mientras G. leía, Joana y yo disfrutábamos escuchando su acento cantarín y meloso. La noche siguiente se lo leí yo porque Joana me lo pidió. Y después su abuelo, que ya había llegado. Y creo que también lo leyó ella sola alguna vez.
La canción de Machín se basa en este poema, pero acortó los versos y limó venezolanismos. Una lástima. He aquí un fragmento:

Si queda un pintor de santos,
si queda un pintor de cielos,
que haga el cielo de mi tierra,
con los tonos de mi pueblo,
con su ángel de perla fina,
con su ángel de medio pelo,
con sus ángeles catires,
con sus ángeles morenos,
con sus angelitos blancos,
con sus angelitos indios,
con sus angelitos negros,
que vayan comiendo mango
por las barriadas del cielo.

Y, claro, Joana decidió ser este pintor en cuanto tuvo oportunidad. Y pintó, junto a la Virgen blanca, un ángel negro. Con esto, por lo menos, deberían convalidarle EpC.

PD: En cuanto consiga el dibujo, lo comparto.

11/1/11

El premio


En la primera fiesta de Navidad del colegio de Joana a la que asistí, hace ya tres fiestas, me enteré de que organizan un concurso de felicitaciones navideñas entre los alumnos de cada curso (de infantil, al menos). Ese primer año comenté sorprendida a un amigo que Joana no había ganado. Él se rió mucho de mi sorpresa y mi fe en los premios (claro, como a él no le dan...), pero yo seguía en mis trece, deslumbrada por las habilidades artísticas de Joana.
El segundo año tampoco ganó, pero ya no me sorprendió tanto. Empezaba a comprender que la mirada de una madre no cuenta para el jurado.
Este año he llegado incluso a hablar con Joana de las diferentes capacidades de la gente:
- Tú dibujas muy bien, claro que sí, y a mí me encantan tus dibujos más que los de cualquiera, porque son tuyos. Pero tu amiga dibuja mejor que tú. Seguramente tú lees mejor que ella. Unos hacemos mejor unas cosas, otros, otras.
- No te gustan mis dibujos...
- Sí, sí. Muchísimo. Mira. Por ejemplo: yo sé escribir bien, ¿verdad?, pero en cambio cantar... Abuela, ¿qué tal canto?
La abuela dibuja una mueca tal vez demasiado explícita. Joana ríe a placer.

Pues resulta que este año, que ya la tenía preparada, ¡ha ganado! Sí, ha ganado junto con otras dos compañeras, pero no por la técnica que pueda tener su dibujo (la cueva, el niño, san José y una Virgen María bastante esquemática), sino por su originalidad y simpatía. Sobre el portal, en el sitio de honor de los ángeles, Joana ha dibujado un ángel negro.

PD: A Ander también le han dado un premio por simpático (y buen periodista).

23/11/10

épica

Fui a recogerla y salió llorando del aula, con el índice derecho alzado, atrapado dentro de lo que parecía una fresa de plástico. Como llevaba la cámara de fotos en el bolso, estuve tentada de inmortalizar una situación que me parecía entonces bastante cómica, pero me contuve, la abracé y tomé su mano para evaluar el alcance de los daños.
Comprobé que:
1. Aunque confiaba en mí, no le hacía mucha gracia que tocase el dedo preso.
2. El dedo estaba firmemente trabado dentro de la fresa.
3. Le dolía de verdad.

Fuimos a la sala de profesoras, donde una teacher de esas que sólo hablan inglés se volcó en ayudarnos. Primero lo intentamos con crema, confiadas en que el dedo se deslizaría, perfectamente lubricado, y saldría sin dolor. No fue así. Los gritos de Joana empezaron a subir de volumen y la sala se fue llenando de preguntas, de ideas y de buenas intenciones. Intentamos cortar el plástico, pero las tijeras que había en la sala o no cortaban bien o eran de punta redonda, por lo que era difícil introducirlas entre oprimido y opresor. A estas alturas, Joana ya había aprendido que déjame ver el dedo, no te preocupes que no lo voy a tocar, significaba déjame probar de desatascarlo, que tal vez yo pueda, y había que sujetar con firmeza su mano para que las tijeras no provocaran un mal mayor. A pesar de sus ¡Nou, nou! -en inglés- ¡Stop! ¡Don't cut my finger! ¡Stooooooop!, logramos descabezar la fresa, con lo que al menos veíamos el dedo.
Pasamos al baño, a por agua y jabón, pero nada. Joana seguía gritando en inglés. Ahora me miraba a los ojos y me gritaba a mí también en inglés, asustada y dolorida.
Aunque conseguimos unas tijeras de electricista que probablemente habrían resultado, ya estaba demasiado aterrada para razonar. Quería ir al médico.

Entró primero ella con la doctora. De camino, le había explicado que a pesar de que entendía que le dolía y que estaba asustada, no podíamos exagerar de esa manera, que había que calmarse, que la doctora le sacaría eso, que probablemente le dolería, pero tenía que ser valiente. La oí chillar y le dije a la enfermera que yo pasaba (en realidad, pregunté si podía pasar, pero supongo que me entendió). En la sala, la doctora había empezado por el agua con jabón, una enfermera sujetaba sobre la camilla
a Joana, que chillaba -ya en español- que dejaran en paz su dedo, que no sabían nada de su dedo, que pararan, que basta y también que se iba a morir. Sustituí a la enfermera, que fue a por unas tijeras, y me puse a hablar con Joana, muy cerca de ella, con mi boca pegada a su oreja. Hablé sin parar. Le conté que ya habíamos estado otra vez allí, que le sacaron sangre, que fue muy valiente, que la enfermera que la atendió estaba encantada con ella. No dejó de llorar, pero ya no chillaba, de vez en cuando una mueca de dolor y una mirada a las tijeras, pero por fin encontró su valentía.

El plástico por fin cedió. El dedo se parecía bastante al de E.T., pero estaba bien. La hinchazón bajaría pronto y las tijeras sólo habían dejado un pequeño rasguño. Al salir de la sala, poco faltó para que la ovacionaran. De todas las puertas asomaban caras sonrientes que habían oído sus gritos desesperados y celebraban el feliz desenlace.

Como los héroes, sólo quedaba volver a casa.

17/10/10

Los peligros del teatro


Era una de tantas veces en las que coge una rabieta (¡Pues me voy!). Como en esto de la educación vamos aprendiendo a la par, decidí no hacerle caso, seguir sentada allí, en los escalones de piedra, con familia y amigos, gozando de la sobremesa, y dejar que la rabieta se fuera como llegó.

Pasaron unos minutos (cinco, diez) y apareció de nuevo, con cara de circunstancias, de la mano de una señora joven que le hablaba con amabilidad. Me la devolvió y se lo agradecí, aunque sin dar demasiada importancia a la supuesta pérdida de Joana. La señora se alejó y nosotros seguimos conversando. La mujer apareció de nuevo y nos interrumpó con educación. Quería hablar un momento con el sacerdote que nos acompañaba. Se alejaron los dos del grupo, hablaron y siguió cada uno su camino.

No di más importancia al asunto. Joana había superado su berrinche y ahora jugaba y reía divertida.

Ya íbamos a subir al autobús de vuelta cuando el mismo sacerdote me retuvo con una pregunta sorprendente:

- Espera. ¿Sabes qué me dijo la señora que trajo a Joana?
Respondí extrañada que no lo sabía, pero tampoco era asunto mío.
¡Ja! Sí era asunto mío.
- Escucha. Esa señora estaba preocupada. Me dijo que, aunque suponía que no era cierto, se sentía obligada a comentarme lo que le había contado Joana.
- ¿Qué le contó?
- Que su mamá la abofeteaba constantemente, que no la quería, que la había abandonado y que no quería volver con ella.

El exceso de imaginación de Joana me llevará a la cárcel cualquier día de estos.

* En la imagen, un mimo estupendo con más teatro que Joana: Marcel Marceau.

3/8/10

Algún cambio


Desde otro lado alguien descuelga el aparato, pero no oigo nada.
- ¿Hola?
- Hola.
- ¿Joana?
- Hola. ¿Quién eres?
- ¿Cómo que quién soy? ¿Ya no me conoces?
- ¿Eres mi mamá?
- Pues claro. ¿Quién voy a ser?
- Es que esa voz suena un poco...
- ¿Un poco rara?
- Sí. Un poco rara.
- Pues no está rara. Soy yo.
- Pero,... ¿te has cortado la voz?

9/7/10

Cosas del reino animal


A Joana le llegan un par de muñecas heredadas. Ambas tienen cara de bebé y cuerpo fláccido, almohadillado. Una de ellas incluso cierra los ojos al recostar la cabeza. También ha heredado una mochila llena de ropa para las muñecas. Se lo he dado y me he quedado mirándola, viendo cómo empieza a jugar a ser mamá.

- Mamá, ¿cómo se quita esto?
- ¿Quieres desvestirla?
- Sí.
- Mira. Así. ¿Le pondrás otra cosa?
- No. Es que aún me tienen que nacer. Estaban en mi barriga.
La pobre muñeca se encuentra ahora embutida debajo del vestido de Joana, mientras ella empieza a desvestir a la segunda.
- ¿Ah, sí?
- Sí. Es que aún están en el huevo, ¿sabes?

30/4/10

Pensar a lo grande


- Vamos, Joana; parece que va a haber tormenta.
- ¿Cómo la de Noé?

* La foto es de Leandro, un gran fotógrafo y mejor persona, y la he sacado de aquí.

28/4/10

un plan de emergencia


- Sabes, mamá, unos niños en el patio me han dicho: "un día traeremos un cuchillo y te cortaremos en pedacitos"...
Pongo cara de madre mía, qué cosas, eso no se dice, que es muy feo, mientras pienso si no será verdad que los niños ven demasiada violencia en la tele.
- ... ¡y no he llorado!
- Genial, Joana. Estupendo. Eres una campeona.
- Sí. Porque les he dicho que no me importaba, que tú me salvarías.
- Por supuesto.
Y no lo digo por decir.
- Y, sabes, me han dicho que me llevarán a un sitio muy lejos y que no podrás encontrarme. Pero, ¿sabes qué?, no importa, porque cuando no me vean yo saldré y...
- ¡Y te escaparás!
- No. Saldré y pondré una carta en... ¿cómo se llama donde van los carteros a buscar las cartas?
- Buzón.
- Sí. Dejaré una carta en el buzón, y entonces tú sabrás dónde estoy y me salvarás. Y te explicaré el camino.
- Me mandarás un mapa para que no me pierda.
- No, sólo el camino. Tú me mandas una carta y me dices dónde estás y yo te mando una carta y te digo dónde estoy y te dibujo el camino.
- Perfecto. Ya tenemos plan.

7/4/10

Ni Harry P. sabe tanto


He enseñado a Joana a hacer magia. Algunas veces le sale bien, otras no tanto.
Era tarde. Habíamos salido de la vigilia pascual y nos íbamos a cenar para celebrar la resurrección. Pero, claro, ya era tarde y tanto Joana como Andrea estaban cansadas. Empezaron a pelear por una tontería. Por una copa. Porque ambas querían esa copa, no cualquiera de las tres copas idénticas que estaban a su lado. Esa.

Me la llevé al baño, llorando (ella, yo no), y aproveché esa intimidad para hacer teatro.

- Mira, Joana. Te enseñaré a hacer magia. Observa.
Ya no lloraba, pero su cara era una elegía. Levanté mis dos índices, con el izquierdo amenacé al derecho: ¡eh, tú!, ¡esto es blanco! El índice derecho se encaró con su agresor: ¡Ni de broma!, ¡es negro!

- ¿Te das cuenta?: pelea. Pero ahora mira.

Repetí la amenaza del dedo sinientro, pero esta vez el agredido no se encaró con él, sino que respondió con dulzura: Está bien, si a ti te lo parece. Mi índice se movía alterado y aún intentó atacar: ¿Es que no me entiendes? ¡Te digo que es blanco! Pero el diestro no se inmutó: De acuerdo. Yo creo que no, pero no importa.

Joana ya se reía. Regresamos a la mesa. Andrea tenía una copa en las manos, pero aparentemente aquella por la que peleaban estaba en su sitio. Joana la cogió.

- ¡Eh, Joana! ¿Sabes qué? En realidad, esta copa estaba aquí y esta aquí. Las he cambiado.
- No me importa.

Me miró con complicidad: había hecho magia.

Ahora, de vez en cuando, en el momento en que presiento su estallido la llamo y le susurro: magia. Y a veces ella logra, con magia, convertir su mueca en una sonrisa.

26/3/10

Cuestión de actitud


Rhapsody in Blue

En el ómnibus (que dirían algunos de mis mejores amigos), uno puede dejarse trasladar, puede leer, puede estudiar los tipos humanos. Pero pocas veces el usuario de la villavesa (que dirían otros) se relaciona con el resto de pasajeros, salvo algún esporádico Buenos días. Aquí está su cambio. ¡Niña!, este asiento está reservado a los ancianos, ¿no lo ves? Por eso me extrañó el sábado ver -ver, sí: se materializó- una red de complicidad en un autobús urbano de San Sebastián.

Empezó, claro, Joana. Quiso sentarse sobre la protuberancia de la carrocería que esconde la rueda y se lo permití. Me mantuve de pie a su lado. Bajo su barbilla quedaba el pelo cano de una señora mayor, que conversaba en euskera con la pareja joven que tenía frente a ella. Cuando la señora se despidió, Joana interpeló a la pareja:

- Ahora podéis hablar conmigo.
- Claro. [¿Hablas eukera?]
Lo entendí, pero no sé reproducirlo.
- No, castellano y catalán.
Joana también lo entendió.
- ¿Y de qué quieres que hablemos?
Menuda pregunta. Inocente desconocida. Joana no paró de hablar en todo el trayecto. Mientras tanto, Andrea, sentada al otro lado del pasillo, intentaba meter baza de vez en cuando, aunque no tenía demasiadas oportunidades.
El espacio libre entre Joana y Andrea se había ido llenando: yo estaba allí, también los padres de Andrea y tres adolescentes, dos chicas y un chicarrón alto y saturado de pendientes. Por supuesto, exceptuando a Joana y sus víctimas, nadie hablaba con nadie. De pronto, el chico enjoyado comentó, para nadie pero para todos: vaya con los conductores de Donosti... Va rápido, ¿eh? Y sucedió. Otra voz masculina le respondió en tono amistoso: Vaya que sí... En ese momento el conductor, casi como si quisiera formar parte de la conversación, adelantó con brusquedad a un coche que no le había cedido el paso y dedicó a su propietario algunos adjetivos seleccionados.

Y allí en el pasillo, a la hora de la siesta, hacinados unos contra otros, nos reímos.

Lo constato como fenómeno social.

18/3/10

Joana: el musical


Joana vive en un musical.

Hasta ahora lo intuía. No soy demasiado perceptiva, pero algunos indicios me mantenían en alerta: algunas veces, ella no me cuenta las cosas, me las canta. Inventa canciones para dar cuenta de su vida: canta acerca de nuestra relación, canta cuánto me quiere, canta qué hacen sus compañeros en el colegio. A veces su cabeza pone letra a melodías que conoce; otras se trata de una especie de recitación melódica. Esta misma mañana en el coche, ha empezado a cantar algo así como Andrea juega conmigo, pero a veces me pega. Ha tenido que hacer una pausa para rezar conmigo, pero luego ha retomado su canción:
- ¿Ya puedo cantar otra vez, mamá?
- Sí, claro.
- ¿Por dónde iba?
- Qué sé yo...

Lo que yo no sabía (además de en qué parte de la canción que inventaba se había quedado), y que ha representado la prueba definitiva de que la vida de Joana es un musical, es que también entrena la voz en sueños. Ayer por la noche, cuando fui a apagar su lámpara y a darle un beso, me respondió melódicamente: Aaaa aa aaaa.

13/3/10

Bombardeo de ideas


Ayer, en el comedor, Joana mezcló un poco de puré con un poco de pollo en salsa. Celia, su maestra, fue a llamarle la atención.
- Joana, ¿qué haces?
- Una poción mágica.
- Pero, Joana... A ver. ¿Quién hace pociones mágicas?
- Pues... Las brujas.
- ¿Y tú eres una bruja?
- No. Pero es que a veces, ¿sabes?, es que a veces se me vienen unas ideas a la cabeza.
- ¿Unas ideas?
Celia sabe que debe estar seria para que Joana comprenda que no hay que hacer pociones mágicas con la comida, pero le está costando. Un poco apartada de ellas, pero lo bastante cerca como para seguir la conversación, Arantxa, otra maestra, se esconde detrás de un libro porque no puede contener la risa.
- Sí. Unas ideas que a veces son malas. Y a veces digo ¡no!, y no les hago caso, pero otras veces, pues las hago. Hago las ideas que me vienen. Aunque sean unas ideas que...
Y mueve la cabeza, reconociendo con dramatismo la terrible maldad de esas ideas que a veces se le meten en la cabeza.

12/3/10

Encuentros en la tercera fase


- Mamá...
- ...
- Mamá...
- ...¿Qué te pasa? ¿Qué quieres? ¿Por qué no estás en la cama?
- ¿Puedo dormir contigo?
Tengo mucho sueño. No quiero discutir. Mucho menos levantarme para acostarla.
- Está bien. Sube a la cama.

***

- ¿Qué ha pasado esta noche, Joana? ¿Por qué has venido a mi cama?
- Ah. Es que un gato, en mi sueño, me ha mordido el culo... ¡y ha sido verdad!
Qué gracia.
- No ha sido verdad, Joana. Un sueño no puede hacerte nada de verdad.
Se ha puesto seria.
- Mamá, ha sido verdad. No te miento.