30/6/16

Porque tú lo digas

Manel ejerce de hermano mayor y le explica a Eugenia algunas cosas que ella no sabe por ser demasiado pequeña.

- ¿Sabes lo que es estar muerto? Pues estar muerto es que estás estirado y quieto y ya no puedes caminar.

Eugenia, que nació con un "pues yo más" en los labios, no se deja impresionar.

- Pues yo un día estaba muerta y podía caminar.
- ¡No, Eugenia! No podías porque cuando estás muerto no puedes caminar.

Eugenia quiere ganar la discusión. Eugenia siempre quiere ganar la discusión. Pero sabe que su hermano, por esos 18 meses que le lleva, tiene algo más de conocimiento que ella. No siempre se le puede negar la mayor. Pero siempre se puede hacer algo (lo que se dice salirse por la tangente, vamos).

- ¡Pero es que mis pies no estaban muertos!

26/6/16

Seis

- Mamá, ¿te cuento una 'storia?
- Sí, Eugenia. Cuéntamela mientras te paso el peine. ¿La de los tres cerditos?
- No, no me la sé. Será una 'storia de bafas.
- Vale.
- Había una ves un sofá que tenía bafas y vino un malo y dijo -léase ahora con voz grave de malo de toda la vida-: "Me voy a llevar todas las bafas y las voy a tirar a la besura porque soy muy malo".
- ¡Oh, no!
- Mamá, es una historia de bafas y de los tres serditos.
- Ah, vale.
- Y los tres serditos dijeron -esta vez hay que poner voz lastimosa de cerdo los días previos a san Martín-: "No, no, por favor. Que son nuestras bafas". "¡Sí! Las voy a tirar a la besura porque soy muy malo" (¿Habréis cambiado de voz al leer, no?).
- ¡Oh! ¿Y?
- Y el lobo cogió todas las bafas y las tiró a la besura. Y luego los tres serditos cogieron las bafas de la besura, ¡y estaban susias! Y fin.

(Le he preguntado a Eugenia por el título y me ha dicho que su historia tienen el título seis).

13/6/16

Tania Val de Lumbre


Voy a intentar una operación a corazón abierto a este blog moribundo. A ver si le insuflo algo de vida. Siguiendo una tradición familiar, voy a leer la literatura infantil y juvenil que me recomienden y me apetezca, a fin de poder recomendar o desaconsejar su lectura a quien pregunte (o a mis hijos, que por aquello de hijos deben tragar consejos maternos a cucharadas, les apetezca o no).

Empiezo con Tania Val de Lumbre.


 En realidad, para ser fiel a la tradición, yo debería haberlo leído antes que Joana. Pero es muy difícil seguirle el ritmo cuando abre un libro. En eso se parece al terremoto de Val de lumbre. Lo que una busca en los trineos con volante, la otra lo encuentra en los libros.

Nórdica ha estrenado su sección infantil con esta novela de la escritora noruega Maria Parr (en traducción de Cristina Gómez-Baggethun). Todo un acierto. Tania Val de Lumbre es un homenaje actual y divertido a un clásico de la literatura infantil: Heidi. La protagonista está a punto de cumplir 10 años -un número importante- y es la única niña de un valle al pie de las montañas. A falta de niños, su mejor amigo y compañero de proyectos disparatados es Gunnvald, un viejo que vive solo en la granja vecina. Cuando Gunnvald recibe una carta, todo se pone patas arriba en la vida de Tania.

Tania es una protagonista cautivadora. Su desparpajo y su sentido del honor atraen a cualquier lector. Pero uno de los aciertos de Parr ha sido rodearla de personajes igual de vivos e interesantes. Y no me refiero solo a aquellos con cierto peso en el desarrollo de los acontecimientos; otros que no hacen más que asomar la nariz entre las páginas son también personajes coherentes. Para que un autor consiga que sus personajes vivan más allá de la tinta y del papel, es necesario que los conozca muy bien y que refrene las ganas de describirlos exhaustivamente. Debe dejarlos actuar y confiar en que sus actos los definan. Maria Parr lo logra con creces. Todos sus personajes, además (y eso ya es una manía lectora adquirida), tienen ese poco o mucho de bondad que los hace más humanos y, por cierto, menos estereotipados. Tenemos a una anciana que mima su jardín y que, desde su ventana, vigila con ojo aguileño los caminos. Pero no es chismosa ni antepone sus flores a las aventuras de los niños. Tenemos a un cartero atropellado por un exceso de autoestima y velocidad, que acaba “sentado en el suelo con pinta de cartero arrollado”, pero que solo pregunta con curiosidad si se trata de uno de los nuevos trineos que Tania y Gunnvald están fabricando. Incluso Klaus Hagen, el antagonista, es humano y capaz de curar con eficiencia la rodilla herida de Tania.
Parr ha estructurado la historia en tres partes que bien podrían haberse llamado introducción, nudo y desenlace, aunque habría sido menos poético y, por supuesto, menos acertado que "La carta", "Heidi" y "La música". Cada una de ellas se divide en varios capítulos no muy largos de título catafórico: "Capítulo 6: En el que Tania emprende una expedición en busca de tabaco de mascar y acaba metida en una pelea". Son extensos, son explicativos y, pienso yo, son un muy buen ejercicio de síntesis de lo que se desarrollará en las siguientes 6 u 8 páginas. Incluso el capítulo 21, "en el que no se puede decir en voz alta lo que pasa".
Si tuviera que prescindir de algo, acaso eligiría la descripción detallada de las tías gemelas de Tania. No porque la considere mala ni fuera de lugar. Al contrario: está bien escrita, en el mismo tono jocoserio del resto del libro y es pertinente con lo que sabemos de las chicas o de la propia Tania, su familia o el valle. Solo creo que estas dos jóvenes, modelo de “autoestima y velocidad” para Tania, están ya tan presentes en todas las acciones de la niña que no es necesaria esa descripción. Aun así, solo prescindiría de ella si de algo hubiera de prescindir.
Es una buena historia redonda y amable. Cualquier lector la disfrutará: niñas de alrededor de 10 años que se identifiquen con Tania, pero también lectores de cualquier edad que sean capaces de imaginar Val de Lumbre. Una vez imaginado, la historia se desliza sola, como un trineo con volante.

Maria Parr. Tania Val de Lumbre (Tonje Glimmerdal, 2009). Madrid: Nórdica, 2015; 228 pp.; col. Nórdica infantil; ilust. de Zuzanna Celej; trad. de Cristina Gómez-Baggethum; ISBN: 978-8416440269.

Otras opiniones autorizadas:
Bienvenidos a la fiesta, de Luis Daniel González
5 ovejas negras

4/6/16

De cómo ahuyentar a un ladrón


Si la mayor se parecía bastante a la primogénita de Quino, este segundo me recuerda cada día más a Guille. No tiene idea pacífica. Le gusta el poder. Y, encima, cecea.
 
- Eugenia, tú vigila que no vengan malos.
- Vale, Manel.
- Porque, Eugenia, yo zoy el rey y los reyes, en zu trabajo, lo han enprendido: que zi vienen malos, les pones una multa y ze van en zu coche.
- Vale, Manel.
- , Eugenia.

2/6/16

Lope, Machado y Manel

Manel es un poco bruto. Canta tergiversando versos con voz de pelícano. Gruñe si se enfada. No le interesan las letras (aunque sí las historias). Lo suyo son los números y el diseño de naves imposibles y casi siempre simétricas. Todas las mañanas, está atento para observar desde la ventanilla el cucurucho rojiblanco y anunciarme qué cantidad de viento tenemos. Admira por igual a Supermán y a Darth Vader.

Y es un poeta.

- ¡Mamá, mira! ¡Nubes que han tropezado con las montañas!

(Y mira qué casualidad que de poetas habla también don Enrique Monasterio)

8/4/16

Armas mejoradas

Joana y Manel juegan de camino al cole. Sus brazos se mueven incoherentes por el aire mientras una y otro dan saltos pequeños y rápidos en todas direcciones.

- ¡Mira, Manel, he inventado una espada láser doble! Tiene láser por aquí, rojo, y por aquí, verde. ¡Fssss, fssss, fsssss!
- Pues yo tengo mi espada y mi escudo.
- Pero mi láser corta el escudo y también la espada.
- Eso no vale.
- Ten tú también una espada láser.
- ¡Pues yo también tengo una espada láser!

Y otro rato de avanzar a saltos y baile de manos.

- ¡Mira, Joana, yo también he inventado algo! He inventado un esfilador para esfilar la espada láser. Dame tu espada. Mira. Toma. Ya está. Ahora ya corta bien.


Y me he acordado de otra espada mejorada.

Buscando inspiración.



15/3/16

Ser el primero... pero no tanto

Por todo aquello de educar en positivo, a veces nos toca decir cosas como: "¡Pero qué mayor es Eugenia! ¡Qué bien se ha portado al prestarle su juguete a Patxi!". Y, aunque la intención es buena, es simple, es sencilla...

- ¡Pues yo soy más mayor que Eugenia!, dice uno.
- Si a eso vamos, yo soy mayor que tú. (A los lectores antiguos y fieles tal vez no les suene esta voz, ahora tan templada y gramatical, pero sigue siendo Joana).
- Pues entonces, cuando yo nací me llamaré Joana y seré... no, ¡me llamaré Íñigo y sería el más grande de todos!
- Pues entonces yo seré el avi y seré mayor que tú.

Papá interviene, divertido: "Bueno, Joana, pues Manel será el avi Manel" (ya hemos llegado al bisabuelo, 99 cumplidos).

- ¡No, papá, yo no soy viejo!