05/11/09

Argumentación


Joana ya sabe reconocer los argumentos de autoridad.
Sí, sí. Se ha dado cuenta de que cuando tengo que afirmar algo serio, recurro a ellos:

- Joana, cuando haces (o no haces) [eso] me pongo muy triste, y ¿sabes quién más se pone triste? Jesús.
Y se porta bien, al menos durante un rato, porque ella no quiere poner triste a Jesús.

- Mamá, ¿qué está diciendo el sacerdote?
- Que cuando hacemos algo malo a alguien, no sé, como no prestar un juguete o tirar del pelo, es como si se lo hiciéramos a Jesús.
Abre unos ojos como platos: ¿no prestar un juguete a Jesús? ¿Tirar del pelo a Jesús? ¡A quién se le ocurriría!

Ah, pero no sólo eso. También está aprendiendo a usarlos (aún no domina del todo la técnica):
- Mamá, ¿puedo comer una madalena?
- Podrás. Espera al postre. Anda, ve a quitarte el abrigo.
- Mamá, no olvides darme una madalena de postre, ¿eh?
- No olvides tú pedírmela.
- Pero, mamá, a ver, te estoy diciendo que no olvides que me tienes que dar una madalena de postre.
- Y yo te digo que procuraré no olvidarlo, pero dado que eres tú quien la quiere, no olvides pedírmela.
- Pero mamá, a ver. Dios, a veces, sólo pide..., pero otras veces Dios hace como tú dices, ¿me entiendes?

30/10/09

Un puñado de niebla


Creo que fue de Isak Dinesen de quien me contaron que sólo pedía que le dieran un inicio para inventar al momento una historia.
Este fin de semana la abuela de Joana le leyó un cuentecillo infantil titulado Boira a les butxaques (niebla en los bolsillos). Ayer, de camino al colegio, animé a Joana a recoger un poco de niebla y variar el regalo que todos los días lleva a su profesora (una hoja roja). Esta mañana le he preguntado qué tal resultó el regalo.
- ¿Le diste a Celia la niebla que habías recogido?
- Sí.
- ¿Y qué dijo?
- Que no podía ni verla. Y la solté en la clase. Así. Y, ¿sabes qué pasó? ¡Que la clase se llenó de niebla!
- ¡No!
- ¡Sí! Y no veíamos nada. Y luego, ¿sabes qué?, teníamos que ir al patio, pero no podíamos porque nos chocábamos todos todo el rato.
- ¡Ala!
- Sí, pero vieno otra profesora a salvarnos. Vino con sus gafas de niebla. Es que yo la había llamado porque choqué con el teléfono. Y que suerte que nos salvó.
- ¿Y qué hicisteis?
- Ah, pues fuimos al patio.
- ¿Y al volver ya no había niebla?
- No. Estaba toda en dentro de la profesora que nos salvó. Fue a su barriga y se unió con la comida. ¿Sabes por dónde entró dentro de la profesora?
- No, ¿por dónde?
- ¡Por su nariz!
- ¡Qué pasada!
- Pero luego volvió la niebla; salía del teléfono y...

Hemos llegado a clase. La historia tiene que terminar, por ahora.

29/10/09

Las alegrías del fútbol


Llegamos tarde a casa de los abuelos, pero nos esperaban para cenar.
- Bienvenidas. ¿Qué pensáis hacer el fin de semana?
- Descansar.
- Ah, qué bien. Bueno, tu hermano espera que Joana y tú vayáis a verle jugar el sábado por la tarde. Juega en Gerona.

Y como lo esperaba, fui. Joana se quedó en casa de unos primos, jugando. Llegué para ver la segunda parte. Empataban 1 a 1. Nico era el capitán; el primer capitán le había cedido el puesto en esta segunda parte para que pudiera fanfarronear delante de su hermana mayor. Normalmente veo los partidos junto a mi padre o algún hermano, de modo que puedo preguntar y resolver mis dudas -que, en fútbol, son legión- sobre la marcha. Pero el sábado estaba sola, así que me instalé cerca del banquillo de mi equipo, saqué de mi mochila una libreta y un boli y me dediqué a observar y anotar a un tiempo. Fantaseé con que me tomaran por un ojeador con intención de ficharlos para un gran equipo, pero vi mi boli rosa -de veras que no sé cómo ha ido a parar a mi mochila- y mi libreta recuerdo de Nazca, y desestimé la idea.

Llega el 1-2. Aplaudo y sonrío. Ya ganamos, pero no hay que bajar la guardia. Nico, con su brazalete de capitán, sus relucientes botas nuevas de suela casi fosforescente y su pelo Beatle contenido por una cinta amarilla, no para de correr, interceptando balones y buscando siempre la ocasión de gol.

Y llega la ocasión y llega el gol. No sé cómo fue; no soy capaz de recordarlo. Pero solté la libreta y el boli rosa y grité y levanté los brazos, y él también los levantó y me miró y me señaló, dedicándome el gol. Y yo, ya rebosante de felicidad, lo vi venir todavía, trotando sonriente, a entregarme ese éxito con un beso y un abrazo.

27/10/09

Un chico con escuela



Apunta maneras, ¿a que sí?

26/10/09

Por ti, mamá



- Mamá, ¿puedo ir contigo?
- Claro, Joana. Tú y yo somos un equipo. Somos los morados.

Estamos jugando al Risk. Tenemos que destruir los ejércitos azules, quienes, al parecer, pretenden destruirnos a nosotras, así que no paramos de jugar.

- ¡Uy, Joana! Un seis... ¿Podrás sacar un seis? Con un seis nos salvamos, pero menos no, ¿eh?
- Vale, mamá. (Mamá, ven: intentaré sacar un siete, ¿vale?)
- ¡Fantástico!

23/10/09

Una chica previsora


Joana teme a la muerte. Esto, en sí mismo, no es sorprendente. Mucha gente teme a la muerte. En mi tesis la muerte es un personaje que causa pavor a los personajes, sin ir más lejos. Pero lo que ella realmente teme no es morir. Creo que morir cuando le llegue el momento no la asusta; tiene miedo a dejar cosas importantes por hacer. ¿Y qué puede ser tan importante? Casarse, claro.

- Mamá, yo ya me he casado con Kuba -su amigo polaco- por si acaso me muero. Si no, ya me volveré a casar con Kuba otra vez.

22/10/09

Simplemente así


- ¡Pero Joana, ¿cómo puede ser que hayas empezado a desayunar y a mí me haya dado tiempo a preparar mi desayuno, preparar tu leche, sentarme a la mesa y terminar antes que tú?!
- Pues hablando, mamá.