Esta mañana Joana se ha ido de campamento por primera vez.
Hasta esta mañana, vivía emocionada la espera.
Pero esta mañana no sabía si quería irse. "Mamá, no sé qué me pasa, pero me duele todo". "Mamá, esta noche he tenido una pesadilla, me he levantado y he dejado esta nota en la pizarra para mis hermanos; ¿se la leerás, por favor?". "Papá..." (abraaaaazo muuuuy laaaargo).
Ahora ya se ha ido y seguro que lo está pasando genial.
Ahora yo la echo de menos.
Y no soy la única.
- ¡Mamá! ¡Veeen!
- No grites. Voy. Dime. ¿Qué ocurre?
- He escrito una nota. Mira.
- Ya veo. ¿Y qué dice?
- Dice: "Joana, te quiero y no quería que te fueras lejos".
La segunda vez que se lo he preguntado, decía que quería ir con Joana. A buen entendedor, sobran explicaciones.
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27/6/15
19/9/14
Ladrón
- Estoy enfadado.
- ¿Te has enfadado conmigo?
- Sí.
Ojalá pudiera reproducir su explicación, pero sólo puedo transcribir el significado. Se ha enfadado conmigo porque he cogido un yogur de la nevera y no he aceptado la cucharada que me ofrecía.
- Perdona. Dame. Sí quiero del tuyo.
Pero ahora ya no. Era antes. Antes de que yo cogiera un yogur. Antes de que me lo comiera. Cuando he dicho que quería y él me ha ofrecido y yo no he aceptado.
- Perdona, Manel. No estés enfadado. Me encanta que quieras compartir conmigo; lo que ocurre es que yo quiero que te comas tú todo el yogur, porque estás comiendo muy bien y te estás haciendo muy mayor.
- ¿Y me haré grande, grande, grande, grande, grande?
- Sí.
- ¿Hasta el cielo?
Ya sonríe.
- Sí. Puede que sí.
- Me haré grande, grande hasta el cielo y cogeré la luna.
- Pues bien, si llegas, coge la luna. ¿Y qué harás con la luna?
- Para ti. Cogeré la luna para ti.
Y yo, que no soy romántica, he deseado esa luna.
4/11/13
casi suena a despedida
Este blog empieza a estar desnutrido. Joana se hace mayor y supongo que yo también y nuestras conversaciones, alimento principal de esta página, no tienen la frescura de hace unos años. Algunas son peleas a las que no me parece justo dar publicidad, tanto por respetar la intimidad de Joana como porque en muchos casos me doy cuenta luego de lo que debería haber hecho o dicho y que habría sido más eficaz que el grito. Otras de nuestras charlas son sólo demasiado íntimas. Y otras veces es sólo culpa mía, incapaz de dejar lo urgente para atender lo importante: detenerme y observarla. Y verla crecer.
11/3/13
Y fue
Posponía yo la conversación escudada en buscar un modo de afrontarla. Pero ayer, mientras ella jugaba en el ordenador y yo recogía los juguetes de su hermano, volvió a la carga. No me miró para preguntarme. Creo que la duda volvió a su mente -ya la había formulado semanas atrás- y le pareció lógico plantearla. Yo también le daba la espalda, entretenida en adivinar si este rectángulo de madera es parte de un dominó o de un juego de construcciones.
- Mamá, no lo entiendo. Si tú tienes los ojos verdes, ¿por qué yo tengo los ojos marrones?
Creo que una de las destrezas que se adquieren con la maternidad es la de reconocer el momento adecuado.
- Termina lo que estés haciendo y nos sentamos en el sofá y te lo explico, ¿de acuerdo?
- Vale.
La vez anterior que formuló esta misma pregunta, su padre y yo nos salimos por la tangente: él tiene los ojos marrones; duda resuelta. Pero está claro que no la convencimos.
Primero, con un gráfico muy chusco, le expliqué la cuestión genética que determina el color de ojos. Lo entendió.
- Pero entonces, mamá, lo que no entiendo es que si yo nací cuando eras tú sola, ¿cómo puedo tener los ojos marrones?
- A eso voy.
Y le expliqué que yo no la tuve sola. Que eso no es posible. Que siempre intervienen dos: hombre y mujer. Que, como en todo, las cosas pueden hacerse bien o mal. Que yo alteré un poco el orden correcto. Que la otra persona implicada no se vio preparada para asumir la paternidad. Que yo decidí ser padre y madre. Que hay que saber ser responsable. Y que, cinco años después, tuvimos la suerte de encontrar a su padre.
- ¿Y sabes qué fue lo primero que hizo después de que nos casáramos?
Joana sonríe y señala mi tripa abultada.
- Pues no. Antes.
- ¿Decirme que yo era su hija?
- Sí, pero no solo a ti. Fue a decírselo a un juez para que lo supiera todo el mundo y nadie lo dudara jamás. Que él era tu padre para siempre y que tú eras su hija para siempre.
El abrazo que me dio no puedo describirlo.
- Mamá, no lo entiendo. Si tú tienes los ojos verdes, ¿por qué yo tengo los ojos marrones?
Creo que una de las destrezas que se adquieren con la maternidad es la de reconocer el momento adecuado.
- Termina lo que estés haciendo y nos sentamos en el sofá y te lo explico, ¿de acuerdo?
- Vale.
La vez anterior que formuló esta misma pregunta, su padre y yo nos salimos por la tangente: él tiene los ojos marrones; duda resuelta. Pero está claro que no la convencimos.
Primero, con un gráfico muy chusco, le expliqué la cuestión genética que determina el color de ojos. Lo entendió.
- Pero entonces, mamá, lo que no entiendo es que si yo nací cuando eras tú sola, ¿cómo puedo tener los ojos marrones?
- A eso voy.
Y le expliqué que yo no la tuve sola. Que eso no es posible. Que siempre intervienen dos: hombre y mujer. Que, como en todo, las cosas pueden hacerse bien o mal. Que yo alteré un poco el orden correcto. Que la otra persona implicada no se vio preparada para asumir la paternidad. Que yo decidí ser padre y madre. Que hay que saber ser responsable. Y que, cinco años después, tuvimos la suerte de encontrar a su padre.
- ¿Y sabes qué fue lo primero que hizo después de que nos casáramos?
Joana sonríe y señala mi tripa abultada.
- Pues no. Antes.
- ¿Decirme que yo era su hija?
- Sí, pero no solo a ti. Fue a decírselo a un juez para que lo supiera todo el mundo y nadie lo dudara jamás. Que él era tu padre para siempre y que tú eras su hija para siempre.
El abrazo que me dio no puedo describirlo.
14/6/12
Malos pensamientos
Hace sólo cinco minutos, tal vez siete, que Joana se ha metido en la cama. Me levanto del sofá en cuanto oigo la puerta.
- ¿Qué ocurre, Joana?
- Es que he tenido una pesadilla que es imposible superar.
- Joana, no puedes haber tenido una pesadilla porque no has tenido tiempo de dormirte.
- Bueno, pues un pensamiento malo que es imposible de superar.
- A ver, ¿qué ha sido?
- Pues mira, anunciaban en la radio una crema para los ojos, para que se curen las que llevan gafas. Y tú quisiste esa crema para ya no tener que llevar gafas ni... ¿liendres?
- Lentillas.
- Sí, eso. Pues te la dabas en los ojos y al bajar los párpados te quedabas ciega...
Mi corazón de madre histérica al final del día se va enterneciendo ante su amorosa preocupación por mi salud y mi imagen.
- ... Y, claro, como estabas ciega ya no podías corregirme las tareas y ya yo no era nunca más buena en las tareas.
Tardo una milésima en sobreponerme del poco valor de mi ceguera en la historia. Ante todo, hay que alejar ese mal pensamiento.
- Pero Joana, ¿qué te digo siempre de los anuncios?
- Que no hagamos caso, pero...
- Además, Íñigo, ¿estoy guapa con gafas?
Desde el salón nos llega la respuesta: "Guapísima".
- ¿Ves? ¿Para qué iba a querer ir sin gafas?
Ya se ríe. Sólo me queda el golpe de gracia.
- Y sobre todo, Joana, seamos serios, ¿tú crees que aunque me quede ciega dejaré de corregirte las tareas o todo lo que caiga en mis manos?
Carcajada. Ya puede dormir tranquila. Y a mí, después de todo, se me derrite el alma al ver su confianza en mi trabajo, en mí.
- ¿Qué ocurre, Joana?
- Es que he tenido una pesadilla que es imposible superar.
- Joana, no puedes haber tenido una pesadilla porque no has tenido tiempo de dormirte.
- Bueno, pues un pensamiento malo que es imposible de superar.
- A ver, ¿qué ha sido?
- Pues mira, anunciaban en la radio una crema para los ojos, para que se curen las que llevan gafas. Y tú quisiste esa crema para ya no tener que llevar gafas ni... ¿liendres?
- Lentillas.
- Sí, eso. Pues te la dabas en los ojos y al bajar los párpados te quedabas ciega...
Mi corazón de madre histérica al final del día se va enterneciendo ante su amorosa preocupación por mi salud y mi imagen.
- ... Y, claro, como estabas ciega ya no podías corregirme las tareas y ya yo no era nunca más buena en las tareas.
Tardo una milésima en sobreponerme del poco valor de mi ceguera en la historia. Ante todo, hay que alejar ese mal pensamiento.
- Pero Joana, ¿qué te digo siempre de los anuncios?
- Que no hagamos caso, pero...
- Además, Íñigo, ¿estoy guapa con gafas?
Desde el salón nos llega la respuesta: "Guapísima".
- ¿Ves? ¿Para qué iba a querer ir sin gafas?
Ya se ríe. Sólo me queda el golpe de gracia.
- Y sobre todo, Joana, seamos serios, ¿tú crees que aunque me quede ciega dejaré de corregirte las tareas o todo lo que caiga en mis manos?
Carcajada. Ya puede dormir tranquila. Y a mí, después de todo, se me derrite el alma al ver su confianza en mi trabajo, en mí.
8/4/12
La profecía
Hoy se ha puesto a recitar junto con su tío, después de la cena: "Porque sin ser tu marido / ni tu novio ni tu amante, / yo soy quien más te ha querido"...
Quienes conocemos también estos versos esperábamos ese estupendo final: "¡con eso tengo bastante!", pero Joana ha decidido innovar y su cuarteta ha sonado así: "Porque sin ser tu marido / ni tu novio ni tu amante, / yo soy quien más te ha querido: / ¡tu padre!".
3/11/11
Profesiones

Siempre, desde pequeña, he sabido qué no iba a ser de mayor: ni princesa ni modelo. Todas las demás posibles profesiones que se le pudieran ocurrir a mi mente infantil eran posibilidades. Pero resulta que, ahora que lo he probado debo cambiar de idea. Y la primera sorprendida soy yo, que conste. Me gusta ser modelo.
- Yo, de mayor, seré doctora de doctorado -sentencia Joana-, como mamá.
* En la imagen, el diseño de joana de un vestido de princesa.
27/10/11
Razones para vivir

Después de oír tantas y tantas veces el supuesto chiste de "Claro, con esta crisis, ¿cómo va a querer salir? ¡Con lo a gusto que debe de estar ahí dentro!", el punto de vista de Joana es, como siempre, un chaparrón de verano: fresco y limpio.
- Mamá, quiero que nazca ya.
- Yo más, Joana, te lo aseguro. Pero no está en mi mano. Buenas noches.
- Buenas noches. ¡Espera!
- Dime.
Pero a mí no me quiere decir nada. Acerca su cara a mi ombligo y coloca su mano para impedir que se escape ni una sola palabra.
- Hermano, sal ya. Este mundo es maravilloso, ya verás. Te va a encantar. Mucho más que una barriga.
Y le planta un beso como una catedral.
23/9/11
La vie en rose
Joana está loca por su padre y eso es bueno. Loca por estar con él, loca por patinar con él, loca por ser su colaboradora en todo tipo de reparaciones (lo que le aporta mucho vocabulario; ya supera con creces mi limitado conocimiento de una caja de herramientas: martillo, destornillador, llave inglesa). Está loca y desborda amor. Así es ella.
Ahora yo quedo un poco al margen de sus explosiones de amor, pero no me importa. Fomento en secreto la locura de amor que ataca a mi familia.
- Mamá, ¿cómo os enamorasteis papá y tú?
- Bueno, nos conocimos, después nos fuimos conociendo más y nos dimos cuenta de que nos habíamos enamorado.
Es una explicación bastante sosa, ¿qué le vamos a hacer? El romanticismo nunca ha sido mi fuerte. Pero se conformó.
- ¿Y cuando estabais muy seguros de que estabais enamorados os casasteis?
- Pues sí.
Y aquí viene el giro inesperado, el final sorprendente.
- ¡Qué suerte tiene papá!
- ¿Por qué?
- Por haber encontrado una mamá tan sabia.
18/2/11
Amuletos

- Hoy ni siquiera entraré al colegio, Joana. Me vuelvo a casa, que tengo mucho trabajo. ¿Vale?
- Vale.
Nos despedimos junto a la verja de entrada con un beso rutinario, y un pórtate-bien-sí-mamá. Y yo doy media vuelta mientras ella se aleja corriendo. Pero no he tenido tiempo de dar cinco pasos cuando oigo a mi espaldas su voz chillona llamándome: ¡Mare, mare, mare, mare!
Regreso, pero no tengo tiempo de preguntar. Me enlaza el cuello y me planta en la mejilla un beso caliente y sincero.
- Es un beso de la suerte.
¡Menudo día me espera!
28/1/11
Lo dice la tele
Me he enredado en una explicación complicada de la que no sé salir. No importa sobre qué. Desisto.
- Mamá, yo pensé que lo sabrías. Tú saliste en la tele.
Paso por alto -para evitar caer en lo mismo- la alusión velada a que quien sale en la tele lo sabe todo. Ya tendré tiempo de explicarle lo equivocada que está.
- ¿En serio? ¿Cuándo?
- Pues en casa de no sé quién. Saliste en la tele.
- ¿Y por qué?
- Pues en las noticias dijeron que tú habías sabido leer algo que nadie más había podido.
- Ah.
Ya hace unas semanas que de vez en cuando me adjudica esta hazaña y no sabía de dónde lo había sacado. Claro que si lo dijeron en las noticias, eso lo explica todo...
- Algunos niños dicen que es una tontería.
No me resisto a desvelar otra vez la lectura entre líneas: ante sus compañeros, ella se enorgullece de su madre, a pesar de que se pasa el día con la nariz metida en un libro o aporreando el ordenador.
- No, una tontería no es; aunque me parece que...
- ¿Qué?
- Que lo has soñado.
- No mamá. Lo de la tele no estoy segura, pero lo otro sí que es verdad. No lo he soñado que tú leíste algo que nadie más podía leer. Me lo dijiste tú, mamá. Ahora no estoy usando mi imaginación.
Y como no sé a qué se refiere, tampoco se lo desmiento. Y seguimos caminando de la mano.
* La imagen es antigua (de nuestra etapa polaca), pero elocuente.
12/11/10
Un título para mamá
Joana lleva casi un mes callada en este blog, pero no es por su culpa. Nuestro paseo matutino hasta el colegio es siempre dialogado. A veces hablamos de las hojas y recogemos algunas. A veces planeamos el día. A veces me ayuda con mis asuntos, como hoy.
- ¿Sabes qué debo hacer hoy?
- ¿Qué?
- Pensar un título para mi comunicación en un congreso.
- A ver, ¿de qué trata?
- Pues, ¿recuerdas el libro que hice?
- ¿El mío?
- Sí, el que te dediqué a ti. Pues de la relación de ese libro con las antiguas ars moriendi.
- ...
- ¿Qué título le pondrías?
- Hum. Los secretos de los mayores.
- Ajá. Los secretos de los mayores. Lo pensaré.
- Sí. Pero tú eres más sabia. Si se te ocurre otro, pues lo cambias.
Más sabia, dice. Qué ganas de titularla Los secretos de los mayores.
2/8/10
Impaciencia
- ¿Mamá?
- Joana, ¿qué tal estás?
- Estoy en el estanco, con el abuelo. Te llamo para decirte que han llegado dos paquetes para ti.
- ¿Ah, sí?
- ¿Quieres que te los mande a Zizur?
- No, Joana. Puedes abrirlos tú, si quieres.
- ¿Puedo abrirlos yo?
- Sí.
- Mamá...
- ¿Qué?
- No quiero colgar.
- Ya, Joana, pero es que tengo que irme a trabajar.
- Pero te añoro.
- Y yo a ti. Precisamente por eso tengo que ir a trabajar: para terminar muy rápido y poder regresar el miércoles.
- Mmmmm... ¿Cuántos días faltan para el miércoles?
- Dos.
- ¡Entonces sí que cuelgo! ¡Adiós!
21/7/10
Amor de segunda fila
- Sabes, mamá, un día existió un niño que se llamaba Josemaría.
- ¿Ah, sí?
- Sí. Existió de verdad.
- Ah. ¿Y quién te habló de él?
- No sé. Alguien. Fue en el cole de Zizur.
Ya voy atando cabos. Sé que en el colegio trabajaron la persona de san Josemaría. Debe de referirse a él.
- ¿Y qué te contó tu maestra de Josemaría?
- No me acuerdo.
- Ah. Ahora está en el cielo. Es un santo. Tus tíos y tu abuela lo quieren mucho.
- Y yo.
- Claro. Tú también.
- Es que, ¿sabes?, yo tengo primeros en mi corazón, iguales, a Jesús, a la Virgen María, a san José y también a san Josemaría.
- ¿Y a santa Juana de Arco?- Pregunta el abuelo desde la cabecera de la mesa.
- Sí. A Juana de Arco también.
- Vaya, Joana, ¿y yo? Porque parece que cada vez más gente me pasa delante en tu amor...
- Sí, mamá. Tú estás en la segunda fila.
15/6/10
Ya no hay boda
Después de toda una vida -cinco años es toda una vida- preocupada por cómo, cuándo y con quién se casará (ahora caigo en que nunca me ha hablado de dónde; será que el lugar no importa), de golpe, sin avisar, se ha vuelto mística.
- Mamá, yo ya no me voy a casar con Kuba, ¿sabes?
- ¿Ah, no?
Respondo distraída, como siempre. Y es que no aprendo. Sus preguntas más inocentes suelen acabar en los cerros de Úbeda. Y yo empantanada.
- No. Porque en realidad yo me casaré con Jesús. Y cuando me muera, viviré en el cielo con Jesús y tendremos nuestra casa en el cielo.
- ¿Eh?... Pero... No tengas prisa en morirte, tampoco.
- ¿Por qué?
Ya me he recuperado.
- Porque me quedaría sola. Te echaría mucho de menos.
- Vale.
2/6/10
El conflicto
Joana está cansada. Es tarde. Ella y su amiga Andrea acaban de llegar de patinaje y se están bañando. Quiere más jabón para jugar. Andrea dice que no, que se gasta. Ella que sí, la otra que no. ¡Paf! No, no he sido yo. Joana le ha plantado un bofetón a Andrea, que ahora está llorando, sorprendida. Ambas lloran. A Andrea se le pasa enseguida. A Joana me la llevo a casa aún llorando. Intento calmarla, a la vez que le recuerdo que no se puede pegar a nadie.
- ¡Es que no me hacía caso!
Y sigue llorando.
A llantos desesperados, soluciones drásticas. Nada más entrar en casa, me agacho, porque va a ser una conversación de altura.
- A ver, Joana. Deja de llorar. Voy a contarte lo que ha ocurrido. ¿Vale?
No contesta porque sigue gimoteando, pero asiente.
- Mira. Había una ciudad en la que no querían que entrara nadie. Todo el mundo lo sabía: en esa ciudad no se podía entrar. Pero unos señores decidieron que iban a entrar y se subieron a sus barcos y fueron hacia la ciudad. Los de la ciudad les dijeron: ¡No se puede entrar! Y ellos respondieron que querían entrar. Y unos que sí, y otros que no. Al final, se dispararon y murieron catorce personas. ¿Qué te parece?
- Maa-aa-al.
- Ya, bueno. Pero es que no les hacían caso, por eso dispararon.
Su llanto, que había descendido a nivel de gimoteo, va ahora in crescendo. Pero ya no tiene nada que ver con ese otro llanto, caprichoso y cansado. Este es mucho más profundo. Estas ya no son lágrimas de cocodrilo.
- Venga. Deja de llorar y ve al baño.
Me obedece, pero desde el baño me llama con voz hiposa. Acudo.
- Es... que..., mamá, es que... no sa-bes... que cua-ando... uno se... arrepente..., llora.
- Sí que lo sé. Y también sé que ahora estás arrepentida. ¿Qué quieres hacer?
- Pe-edirle per-dón... a... Andrea.
- Me parece estupendo. ¿La llamamos por teléfono?
- No. Va-amos a... su... casa.
- Vamos.
16/4/10
Una de la Edad Media

Uno de los varios frentes que tenemos abiertos es el de no llorar por tonterías. Esto, claro, lleva implícito diferenciar qué es una tontería y qué no.
Cuando no la abruman otros pesares (sueño, cansancio, hambre, etc.) -y se acuerda del propósito- Joana, que tiene la lágrima fácil, hace gala de una envidiable fuerza de voluntad.
El sábado llegamos de casa de los abuelos, cargadas de maletas y de horas de carretera y de cierto perfume a vómito, directamente a la fiesta de cumpleaños a la que Joana había sido invitada. Después de varios juegos, los otros tres invitados, capitaneados por el agasajado, decidieron que era el turno de martirizar a Joana. Antes lo había sufrido otro y después le tocaría a un tercero. No sé por qué, pero la crueldad infantil del todos contra uno es un juego rotativo.
Ella se sentó en lo alto de una torre de sillas de plástico, mientras a su alrededor los cuatro niños le repetían que era una tonta, que no iban a jugar con ella, que era una pequeñaja (es uno de los insultos graves que se puede lanzar contra una niña de cuatro o cinco años; no tengo evidencia suficiente para afirmar lo mismo de los varones), etc. Ella me observaba desde su torreón, haciéndome gestos que podrían traducirse como: ¡Bah!
Esperé un poco, deseando que el ataque remitiera para que ella se sintiera vencedora, pero el combate se recrudecía y la presa que contenía el borbollón de lágrimas empezaba a hacer aguas (en el sentido más literal de la palabra). Me levanté y me acerqué a ella. La prudencia me indicó que no era aconsejable dejarme llevar por mi instinto materno y practicar el lanzamiento de niño, especialmente por la cercana presencia de sus padres. Opté por un ataque más solapado.
Entré en escena sobre un caballo imaginario y gritando algo así como: ¡Vengo a salvar a la princesa! Cargué a Joana sobre mis espaldas y jugué un poco a repeler el ataqué de cuatro dragones.
Como buen caballero andante, recibí una herida. Al parecer durante la batalla detuve un zarpazo con mi nariz y estaba sangrando.
Esa herida me ha escocido un par de días, y durante algunos más he tenido que reconocer a más de uno que me peleé contra un niño de cinco años. Pero qué más da. También tuve mi recompensa:
- Mamá, estás sangrando...
- Sí... No pasa nada. Sólo un poco de sangre.
- Mamá, estás sangrando... Tienes sangre porque has venido a salvarme...
23/3/10
Un paso más
Joana y yo hemos establecido un horario estricto para permitir -o no- la lectura en voz alta antes de que ella se acueste: si pasan de las nueve, no hay cuento. No se trata ni de un premio, ni de un castigo. Es un trato. A veces ella se entretiene; otras la entretengo yo sin querer. Pero normalmente poco antes de las nueve está en cama y podemos leer un rato juntas.
Ayer eran ya las nueve y cuarto.
- Mamá, ¿hay tiempo?
- Míralo tú. ¿Qué te dice el reloj?
- Que no hay tiempo.
Tuerce el gesto con aire tragicómico.
- Buenas noches.
- Espera. ¿Me das un cuento?
- ¿Para mirarlo tú un rato?
- Sí.
Le doy Un puñado de besos, y uno más, y salgo del cuarto.
Poco rato después paso de nuevo frente a su puerta, cargada de ropa, y algo llama mi atención. Me detengo a escuchar:
- Ca-ti-tie-ne-muc... much-os... Cati tiene muchos a-mi-gos...
¡Está leyendo! Me quedo un rato ahí. Quieta. Disfrutando.
8/3/10
una historia de amor
En nuestra parroquia, cerca de la puerta de entrada, un monaguillo limosnero recibe a los fieles. A fuerza de verlo ahí, quieto sobre su peana, la mayoría no le presta demasiada atención; sólo los niños y algunas ancianas hacen repiquetear alguna vez su caja de madera. Pero él sigue sonriendo y esperando.
A Joana le gusta ocupar el banco que queda justo detrás del monaguillo. A mí me parece bien: ni demasiado lejos como para olvidar dónde está, ni demasiado cerca como para robarle el protagonismo al sacerdote.
Se ha traído un libro. Así, se entretiene en silencio mientras el sacerdote habla o la grey responde. Pero el libro termina demasiado pronto. Joana se levanta y se pone a mi lado, delante de mí, al otro lado, sobre mis rodillas. La siento a mi lado y la miro con cara de "estate un poco quieta, por favor". Lo entiende.
Aguanta un par de minutos sentada. Descubre que entre nuestro banco y el monaguillo limosnero existe un espacio diminuto por el que tal vez pueda pasar. Se sube a la peana, abrazada al monaguillo y empieza a rodearlo, pasito a pasito, buscando quedar frente a él. La veo, claro, pero la peana y la figura entera me parecen suficientemente pesadas como para no temer el barullo de una caída aparatosa. La dejo hacer. Ahora ya está frente al monaguillo. Subida a su mismo pedestal de madera quedan casi a la misma altura, aunque el monaguillo es un poco más alto. Por eso, Joana tiene que alzar un poco los brazos para enlazar su cuello. Y así abrazada le planta un beso en los labios y, como una heroina romántica, baja el escalón y vuelve tranquila a mi lado.
Y por un momento da la sensación de que al monaguillo se le salen los colores.
5/3/10
En sueños
Antes de acostarme, entró a besar a Joana. Todas las noches. Después, apago la luz que ahuyenta miedos nocturnos y salgo procurando no hacer ruido.
Esta noche, en un exceso de cariño, le he dado dos, tres, cuatro, cinco besos en la mejilla. Ha empezado a sonreír y me ha enlazado el cuello. Vaya, he pensado, ahora que está despierta, querrá que le deje la lámpara encendida. Y he besado otra vez su mejilla, y he sentido el eco de ese beso en mi propia mejilla. Otro beso para ella, y enseguida otro para mí. Aunque no me ha soltado, veo sus ojos: siguen cerrados. Me río bajito y ella también. ¿Y si no...? Deshago con cuidado el nudo de su abrazo. Tampoco abre los ojos, pero sonríe. Un último beso en la frente y apago la luz. No se ha despertado.
¡Qué alegría haber compartido un momento su sueño!
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