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5/12/13

En Roma, II

Después de mirar y remirar el Panteón, deambulamos. Creo que deambular ha sido nuestra actividad principal en Roma. Y no tiene nada que ver con que yo olvidara nuestra ruta bien planificada en casa. Deambular es bonito, es tranquilo, es pausado. Te permite detenerte en una esquina para descubrir una fuente que dispara un chorro mágico si taponas el orificio natural del grifo. O ante una ventana adornada con un león que se come una piña (están locos estos romanos...). O descubrir el Parlamento y la columna de Marco Aurelio y un montón de obeliscos coleccionables.



 Intentamos leer la historia de la columna, pero la letra era demasiado pequeña, así que Joana fotografió una parte para intentarlo más tarde, y listo.

Y llegamos a los pies de la escalinata de Plaza España.

- ¿Cuántos escalones habrá, Joana?
- No sé, ¿cuántos?
- Ni idea. Cuenta.
- Vale.

Y se lanzó escaleras arriba. La seguíamos con la mirada mientras ascendía, concentrada. Luego la perdimos en el segundo recodo. Como un cazador al acecho, adelanté mi mirada a sus pasos y esperé a que apareciera en lo alto, saludara e iniciara el descenso, pero pasaban los segundos (eso serían, aunque se alargaban como los metros finales de un maratón) y no la veía. Las manos se me aferraban al cochecito en que dormía Manel, porque si lo soltaba volaría sobre los escalones, buscando debajo de cada piedra, detrás de cada turista. Íñigo me contemplaba, con Eugenia sonriéndole desde la mochila, e interrogaba mi ansiedad. De vez en cuando también lanzaba miradas a la monstruosa escalera que se había tragado a nuestra niña.

- ¡Mira!


Joana bajaba tranquila. Ya no concentrada, sino abstraíada. Llegó hasta nosotros.

- Ya está.
- Pensaba que saludarías desde arriba.
- Y he saludado.
- Ah.

No me dedicaré a la caza. No me importa, tampoco tenía vocación.

- ¿Y cuántos escalones hay?
- Ciento cuarenta y ocho.

* Las fotos sin Joana son de Joana. La huella en Roma queda para mañana.

4/12/13

En Roma, I

Hay que coger la ocasión por las guedejas, ya lo advertía Alciato.



Y nosotros, que somos muy obedientes, la pillamos al vuelo. Y volando nos fuimos a Roma.
Roma es abrumadora. Viajamos con una niña de ojos voraces, pero con la capacidad de atención propia de sus ocho años, con un terremoto de dos años y una pequeña déspota de siete meses. Había que programar un poco la visita para la ciudad eterna no se le atragantara a nadie: no querer verlo todo, respetar los ritmos infantiles, ayudar a mirar, a descubrir, volver interesante cualquier ruta, saber improvisar, no perder los nervios.

Con la ayuda de una guía de Roma que encontré por internet -y que resultó ser un tesoro oculto-, planifiqué bien los seis días. Luego olvidé el plan en casa.

Joana está estudiando algo de la antigua Roma en el colegio, así que ya partía emocionada. Le preparamos una libreta con algunas actividades relacionadas con lo que pretendíamos ver y con varias páginas en las que escribir lo que se le antojara. Su abuela le prestó una cámara de fotos para que documentara los hallazgos.

Descubrió el Panteón.



 Primero se plantó frente al edificio, con mi teléfono y sus auriculares, a escuchar lo que le contaba la guía. No sé qué entendería, pero lo que la impresionó (porque lo repitió en su libreta y en un par de postales) es que, aunque parezca que hay un montón de columnas, solo hay cinco filas. Ni idea de lo que quiere decir.




 Dentro, quedó maravillada con la cúpula y el sistema de cuadrados vacíos para aligerar el peso. Pero, como buena linguista, lo que sacó en claro me lo confesó después, caminando:

- Mamá, ¿sabes qué significa Panteón?
- Dime.
- Que estaba dedicado a todos los dioses.
- Sí, ¿sabes por qué?

Y, bueno, no os voy a aburrir con lecciones de arquología léxica, pero a ella le entusiasmó el descubrimiento.



 Mañana, los escalones de Plaza España y nuestra huella en los adoquines de Roma.

23/7/12

Una carta



Ayuntamiento de Estella
Alcalde
PASEO LA INMACULADA 1 PASEO INMACULADA (LA) 1
31200 ESTELLA
Navarra
España

Zizur Mayor, 23 julio 2012

Asunto: Estoy encantadísima con la semana medieval

Estimado alcalde,

Quiero enviarle una felicitación por algo que he visto recientemente y que está relacionado con su publicidad e imagen.

Me llamo Joana y tengo 7 años. El miércoles estuve con mis padres, mi hermanito y mi primo Nicolás en la semana medieval. Me ha gustado mucho. Fue una pasada. Me monté en Carlota y mi primo, en Cristina (dos burritas). En la plaza había un espectáculo donde bailé y me mareé un poco. Cantaron una canción en catalán. También por la plaza, salieron unos dragones que movían la cabeza; uno se agachó y tuve un poco de miedo, pero al segundo ya quiser cogerle la cabeza. Mi hermano no se asustó, sino que se reía mucho con ellos. También había unos personajes con una máscara de nariz puntiaguda. Yo, al asustarme, intenté huir de ellos y me resbalé y me caí. Me hice un poco de daño, pero no lloré, pues era muy divertido porque me hacían cosquillas. Después me fui a un sitio donde había colgada una manzana y con un arco muy duro, muy duro, muy duro* lancé una flecha, pero no le di**.

Teniendo en cuenta mis experiencias con su institución, le comento que en general, me siento encantada con sus servicios.

Agradeciendo de antemano la atención que me dispensa, se despide cordialmente.

Joana

P.D.: desearía recibir respuesta por cualquier medio

* Mamá, pon "muy duro, muy duro, muy duro", así: tres veces.
** Mamá, porque el arco iba muy duro. Ponlo. No, Joana, creo que ha quedado claro.



Hemos mandado esta carta al Ayuntamiento de Estella porque es de bien nacido el ser agradecido; y lo hemos hecho a través de LaExperiencia.com porque es un buen portal en el que os animo a entrar (no sólo porque sea el negocio incipiente del tío de Joana y creamos en él).

La vida privada del cerdo

- Mira, mira, Joana. Estate atenta y tal vez verás cerdos por entre esos árboles.
- Pero, aita, ¿están solteros?

6/10/11

Crónicas peruanas III

Otro plan recomendable en Trujillo: visitar las huacas de Moche.



Visitamos la huaca de la luna, que se está trabajando desde hace algunos años. Esta excursión es una de las que más recuerda Joana. Le encantó, sobre todo, el mural de la araña o demonio que adorna varias de las paredes de la huaca.



Tanto así, que quiso reproducirlo en un mural al final de la visita.



Le compramos una postal con la imagen de la araña, que se llevó orgullosa al colegio para explicar a todos sus amigos qué había visto en Perú. No sé cómo sería su versión, pero días después de nuestro regreso varios de sus compañeros me habían preguntado con unos ojos como platos si era cierto que Joana había estado en la guacalaluna.

5/10/11

Crónicas peruanas II

Después de celebrar su cumpleaños, abandonamos Piura porque había más gente a la que visitar. Nos íbamos a la hermosa ciudad de Trujillo. De madrugada, Sergio y Chiky nos recogieron en la parada de bus y nos llevaron a su casa, a descansar un poco. No demasiado porque teníamos poco tiempo y muchos planes. Uno de los primeros fue visitar el museo del juguete.



Yo tengo clarísimo con qué muñeca me quedo.

4/10/11

Crónicas peruanas I

Joana cumplió los 6 años, el pasado mes de mayo, sobrevolando el océano. Pero lo celebró un poco antes, junto a un montón de nuevos amigos, al más puro estilo peruano. A Dios gracias, me ayudaron -y mucho- a preparar la fiesta, porque a mí jamás se me habría ocurrido encargar un enorme panel con su nombre (en realidad, aprovechamos el de Flavia, sólo que encargamos letras nuevas), o preparar chicha morada y mazamorra y palomitas, o encargar una tarta enorme y decorada (lo mínimo, y aún así...), o prever que todos los invitados cuentan con salir de la fiesta con un regalo de despedida. Lo único en lo que tal vez sí habría caído es en lo de la piñata, porque ya lo implanté en cumpleaños anteriores.




Joana no cabía en sí de gozo. Vinieron niños a los que había conocido unos días antes y amigos recién descubiertos. Con todos jugó. Con Juan Diego incluso se citaron para el verano en Pamplona (y cumplieron su promesa, doy fe de ello).



Tirar de la cuerda para reventar la piñata, soplar las velas, repartir los regalos, cortar y repartir la tarta. Al final, vinieron las fotos de rigor: con la familia; con los "tíos"; con los "primos".



Y hasta el próximo año. A ver qué se nos ocurre para superar esto.

28/2/11

Leizalarrea

Este sábado nos levantamos con los pies ansiosos. Como esto se veía venir y soy previsora, me compré la semana pasada la revista Euskal Herria, donde aparece el reportaje de Ander sobre el Leitzaran. Elegimos la vuelta al bosque de leizalarrea. Joana nos guió al menos durante la primera mitad del camino: ella buscaba las marcas que señalaban nuestra ruta. Durante la segunda mitad, prefirió vigilar la retaguardia.

De vez en cuando, nos deteníamos a observar algo: la huella de un roble gigantesco y el rapazuelo destinado a sustituirlo (por si acaso, lo abrazamos ahora que se puede), una colonia de narcisos cabizbajos o el aguamanil que se había formado en el hueco de un árbol.


Joana y su padre recogieron una semilla de haya con rabito y prometieron plantarme un árbol en el salón de casa. Espero que los vecinos no se quejen.
También encontramos y recogimos cuatro piñas alargadas (no cabían más en el bolsillo) sin un objetivo concreto. Hoy han acompañado a Joana al colegio.

No subimos al Urepel porque el chirimiri se había convertido en lluvia y yo ya veía menos con gafas que sin ellas (gotas; veía gotas por todos lados).



Quizá la próxima vez.

Actualización: Esta tarde dos de las piñas han encontrado destino: se han quedado en las manos agradecidas de sor Consuelo, en la casa de las hijas de la caridad de san Vicente de Paúl. La tercera tenía una simpática forma de J y Joana ha preferido conservarla. La cuarta quién sabe; tal vez me la inventé.

23/2/11

¡A galeras!

Ahora que todo está prohibido se hace muy difícil educar. Hay que pensar en castigos originales que aún no estén en el libro rojo. Por eso hemos buscado inspiración en la historia:



... Le ha parecido divertidísimo.

22/9/10

La virtud de la generosidad

Joana ha encontrado una moneda de 20 céntimos y se siente muy rica. Juguetea con ella, acaba en su boca. Se la quito.

- ¡Mamá!
- No.
- Mamá...
- No. Luego te la devuelvo. Mira, mañana saldremos a pasear por Valencia. Si vemos una tienda de chuches, te la devuelvo y te puedes comprar lo que quieras.
- ¿Sí?
- Sí.

En su imaginación, los 20 céntimos se convierten en montañas de caramelo.

***

- Mamá, ¿me devuelves el dinero?
- ¿Te vas a meter la moneda en la boca?
- No.
- Toma.

De camino a la catedral no vemos ninguna tienda de chuches, y la moneda va quedando olvidada en el fondo del bolsillo.

- ¡Mamá, un señor pobre! Dame una moneda.

Se la doy. Mi tacañería aún no ha sido capaz de poner barreras a su caridad. Pero es la última que me queda. A poca distancia, otros dos señores tienden la mano a los feligreses desde ambos lados del portón de la catedral, como encorvados guardianes de la entrada.

- ¡Mamá! Mira. Dame otra moneda.
- No tengo más, Joana.
- ¿Abuela?

Tampoco la abuela puede resistir esta avalancha de amor al prójimo y abre su monedero. Al salir de la catedral, en una de las callejuelas laterales, un hombre joven está de rodillas en el centro de la calle. Tiene la vista levantada y la mano extendida y pide más con la mirada que con los labios. La marabunta humana que hoy pasea por aquí se divide en ese punto como las aguas del mar rojo, y se une de nuevo una vez salvado el escollo insignificante.

- ¡Mamá!

Ya sé qué quiere, pero es cierto que no tengo más monedas, así que respondo mientras andamos, alejándome de ese pobre Moisés sin séquito.

- Mamá... Está de rodillas en el suelo. ¡Pobre!
- Sí, Joana. Ya lo he visto.
- Mamá, ¿tienes una moneda?
- No, Joana, no me quedan más.

Nos detenemos al final de la calle, para decidir qué dirección tomar.

- Pero, mamá, ¡está de rodillas en el suelo!
- Mira, Joana. En el bolsillo aún tienes tu moneda. En la plaza de la catedral he visto una tienda de chuches. Ve y decide si quieres gastarla en chuches o dársela a ese señor.

Joana enfila calle arriba. Aunque finjo dejarla ir sola, la sigo de lejos. Se detiene cerca del arrodillado y piensa. Arranca a correr, con la moneda en la mano. LLega hasta él y le entrega su moneda y vuelve sonriendo, consciente de su buena acción.

14/7/10

Sólo hay que saber pedir


Y aún hay quien cree que los milagros no existen.

El domingo nos fuimos de excursión, para celebrar que estábamos casi todos juntos (sólo faltaban dos hermanos intermedios). Desde Sant Llorenç de la Muga tomamos un camino -una brecha ascendente que más o menos se intuía entre los árboles- hacia la ermita de san Jorge (sant Jordi). Sólo una vez en mi vida he sufrido más calor: viviendo en Perú, tuve que cruzar la frontera varias veces por cuestiones de burocracia. En una de estas, por falta de tiempo, elegí la más cercana y me fui a Macará (Ecuador). Poco tiempo antes, había leído La increíble caminata, y tuve la certeza de que para formar el desierto del Gobi, Dios se había inspirado en Macará.
Pues bien, la ascensión a la ermita del santo caballero le iba a la zaga en lo tocante a aire caliente irrespirable y sol abrasador. Sombra, poquita. Trozos llanos, menos. El error fatal, como siempre, fue humano: olvidamos traer agua. La sed quemaba las gargantas de todos, pero la que más lo sufría era Joana. En mi ignorancia, alimentaba su esperanza de que tal vez un poco más arriba encontraríamos una fuente de agua fresca. Pero no hubo fuente.


Llegamos todos, unos más enteros que otros, y nos tumbamos a la sombra de la piedra. Los más animados entraron a la pequeña ermita, hicieron sonar la campana y nos informaron de la presencia de algunos murciélagos. La curiosidad -¡murciélagos!- pudo más que el cansancio, y Joana entró también.

- Mamá. Voy a pedirle a Jesús que me envíe agua, que tengo mucha sed.
- Claro, Joana. Pide para todos.

Mientras tanto, Ferran (caracterizado entre los hermanos como el sabio loco), intentaba asustar a los vampiros y exploraba todos los rincones del pequeño templo.

- ¡Mirad!

Nos giramos por inercia, sin ganas. Pero la sorpresa fue de brinco y grito. Allí estaba Ferran, bajo el arco de la puerta, sosteniendo una garrafa de cinco litros de agua.

- ¡¿De dónde has sacado eso?!
- Estaba ahí.
- Igual es de la limpieza...
- Tal vez tenga lejía...
- O puede que sea agua bendita...
- ¡Quiero agua!
- Espera, Joana, déjame probarla primero.

Era buena. Excepcional.

26/3/10

Cuestión de actitud


Rhapsody in Blue

En el ómnibus (que dirían algunos de mis mejores amigos), uno puede dejarse trasladar, puede leer, puede estudiar los tipos humanos. Pero pocas veces el usuario de la villavesa (que dirían otros) se relaciona con el resto de pasajeros, salvo algún esporádico Buenos días. Aquí está su cambio. ¡Niña!, este asiento está reservado a los ancianos, ¿no lo ves? Por eso me extrañó el sábado ver -ver, sí: se materializó- una red de complicidad en un autobús urbano de San Sebastián.

Empezó, claro, Joana. Quiso sentarse sobre la protuberancia de la carrocería que esconde la rueda y se lo permití. Me mantuve de pie a su lado. Bajo su barbilla quedaba el pelo cano de una señora mayor, que conversaba en euskera con la pareja joven que tenía frente a ella. Cuando la señora se despidió, Joana interpeló a la pareja:

- Ahora podéis hablar conmigo.
- Claro. [¿Hablas eukera?]
Lo entendí, pero no sé reproducirlo.
- No, castellano y catalán.
Joana también lo entendió.
- ¿Y de qué quieres que hablemos?
Menuda pregunta. Inocente desconocida. Joana no paró de hablar en todo el trayecto. Mientras tanto, Andrea, sentada al otro lado del pasillo, intentaba meter baza de vez en cuando, aunque no tenía demasiadas oportunidades.
El espacio libre entre Joana y Andrea se había ido llenando: yo estaba allí, también los padres de Andrea y tres adolescentes, dos chicas y un chicarrón alto y saturado de pendientes. Por supuesto, exceptuando a Joana y sus víctimas, nadie hablaba con nadie. De pronto, el chico enjoyado comentó, para nadie pero para todos: vaya con los conductores de Donosti... Va rápido, ¿eh? Y sucedió. Otra voz masculina le respondió en tono amistoso: Vaya que sí... En ese momento el conductor, casi como si quisiera formar parte de la conversación, adelantó con brusquedad a un coche que no le había cedido el paso y dedicó a su propietario algunos adjetivos seleccionados.

Y allí en el pasillo, a la hora de la siesta, hacinados unos contra otros, nos reímos.

Lo constato como fenómeno social.

22/3/10

San Salvador (II)


Curioseando por las entrañas de san Salvador descubrí una rejilla que escondía un osario. Llamé a Joana para enseñárselo. Sé (o imagino) que a ella estas cosas no le provocan pesadillas, al menos no si no las revisto de un halo macabro.

- Mira, Joana. Mira ahí dentro. ¿Lo ves?
- ¿Qué es?
- Huesos.
- ¡Huesos!
- Sí.
- Mamá, ya sé. He tenido una idea. Cuando los nuestros se pongan blandos, ¡podemos venir aquí y cambiarlos por estos!

Ella es una chica práctica.

17/3/10

San Salvador (I)


La iglesia de san Salvador, de Getaria, nos sorprendió a todos porque está en cuesta. Sí: como la calle de la foto. El altar está en la cima, por así decirlo. Marc fue el primero en observar los inconvenientes de esa curiosa distribución: Los de los últimos bancos no van a ver nada.
Claro. Es que nosotros no somos feligreses de primera fila. En eso hemos salido a mi tía abuela Marta. Ella siempre decía que al morir y subir al cielo (en este tipo de conversaciones uno siempre presupone una posible espera en el purgatorio, para la que estamos más o menos preparados, pero ¿para qué mencionarla si podemos hablar del fin último?); que al subir al cielo -decía- no pensaba sentarse en las primeras filas, que allí estarían todas las beatas; ella nos espera (porque ya ha llegado) un poco más atrás, donde Dios hace la vista gorda y le permite jugar solitarios -a veces con trampa-, mientras fuma uno de sus cigarrillos y bebe un poco de cerveza.

La excursión la cuenta mejor nuestro guía.

25/1/10

Por amor a la cruz


Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Marcos 8, 34).

Ayer visitamos el monasterio benedictino de Leyre. Llegamos con el tiempo necesario para visitar la cripta, donde Joana buscaba dragones detrás de cada columna, Eugenia llamaba su atención sobre los diferentes dibujos de los capiteles y yo jugaba con Félix. Rodeando el monasterio, nos detuvimos un momento en el antiguo claustro. Joana y Eugenia buscaban letras sobre el muro y, cuando las encontraban, escuchaban por si las piedras querían contarles su historia. En el centro de este patio hay lo que imagino es el capitel hallado en unas excavaciones, aunque también podría tratarse, según Eugenia, de una fuente, o, según Joana, de una cosa que es eso donde... [mamá, ¿cómo se dice "batejar" en castellano? Bautizar] ...donde bautizan a los niños.

Las campanas nos llaman a misa. Misa concelebrada y cantada. Preciosa para nosotras, adormecedora para Félix y terriblemente larga y aburrida para Joana. Claro: acabó como acabó, con pelea silenciosa. Al finalizar la misa, yo estaba enfadada porque Joana, desobedeciendo, había huído de mi lado para ir a sentarse junto a Eugenia. El abrigo de Joana aún estaba en el banco.

- Eugenia, ya que Joana va a quedarse contigo deberías recordarle que se ponga el abrigo. Fuera hace frío.
- ¡Mamá! ¡Yo quiero ir contigo!
Pero sigo caminando, terca e infantil (¿qué le vamos a hacer?).
- Ven, Joana. Vamos a buscar tu abrigo.

Joana y su abrigo salen de la iglesia emulando a una plañidera profesional. El hermano Xabier, monje tecnicolor*, se compadece de ella, la aúpa, la escucha y le recomienda conversar con santa Juana de Arco como con una amiga. Pero ¿qué le digo? No sé; mira, por ejemplo, puedes decirle es que a veces mi madre dice unas tonterías...

Se despide de nosotras con un beso, como manda la regla benedictina (cap. LIII, sobre la recepción de los huéspedes).

El hermano Xabier ha curado nuestro enfado. Después, Eugenia me cuenta qué ha pasado mientras recogían el abrigo.
- Mira, Joana, la Virgen. Vamos a rezarle y a pedirle que nos ayude a ser muy buenas.
- Sí. Voy a rezar. Y le pediré a Dios que me dé paciencia para aguantar a esta familia que me ha tocado.


* - Pero... ¡tienes la barba de colores!
- Claro. ¿Creías que estabas hablando con un monje cualquiera? ¡Yo soy un monje tecnicolor!

18/1/10

La rifa



Este año no recordé a tiempo la celebración de san Antonio Abad, por lo que no escribí pidiendo consejo a exploradores experimentados y me quedé sin poder repetir -con variaciones- el éxito de Berástegui. Pero si Joana es capaz de hacerlo, yo también: improvisé.

Descubrí casi por casualidad que en Artajona en lugar de bendecir animales celebran la rifa del cuto. Y para allá nos fuimos.



Al cuto no lo vimos, porque llegamos por la tarde, pero en la plaza había un castillo hinchable -la novedad de este año- que enamoró a Joana (y al resto de niños del pueblo). CAda vez que los pequeños debían ceder el turno a los mayores, Joana y yo aprovechábamos para explorar. Subimos hasta el cerco con pasos cautos. Al parecer, los alrededores rebosaban "malos", aunque no eran demasiado valientes: un gruñido de Joana y se alejaban corriendo. También encontramos un montón de tesoros invisibles por los rincones, que Joana empequeñecía con su varita mágica invisible para poder meter en su mochila también invisible.

Al oscurecer sacaron el torico de fuego. Al principio, Joana decía persigámosle. Luego cambió por un AAAAAAAAAA. ¡Vámonos a casa! ¿Seguro que no va a matar a nadie, mamá?

Aunque aún faltaba la rifa, para nosotras la fiesta terminó en cuanto llovieron caramelos desde el balcón consistorial.

Esta mañana he sabido que no nos ha tocado el cuto. Lástima.

20/7/09

Y se terminó


Ya el quiosco ha vuelto a su redil.
Joana se subió al avión de esta guisa, porque ya se sabe que en los aviones siempre ocurre algo y alguien grita: ¿hay algún médico aquí? Bueno, pues había uno, aunque más bien chapado a la antigua: abusa de la técnica del sangrado (aquella que ya aplicó don Gutierre, El médico de su honra, a su imprudente esposa).

- ¿Dónde te duele, mamá?
- Aquí en el brazo.
- Te tengo que pinchar, tú no mires.
- Vale.
- Ya está. ¿Te ha dolido?
- Un poco. Mira: me sale sangre. ¿No me vas a poner una tirita?
- Sí, espera, que te quito toda la sangre.
- ¡Pero no me la quites, que la necesito!
- No te preocupes, que sólo te quito la mala.

Hace sólo un par de meses, desangró a Nacho mientras lo tranquilizaba diciendo pero si es sangre; a ver, ¿para qué la quieres?

26/6/09

una de fotos


El martes permití a Joana faltar al colegio porque la ocasión lo merecía: Marc se desviaba de su ruta para visitarnos en Wroclaw. Fuimos a la estación de tren a recogerlo a él y a Cipri, y les mostramos las maravillas de la ciudad: la lluvia,
el río, alimentado por la lluvia,



el mercado un día de lluvia,



la catedral, bajo un cielo gris que amenaza lluvia,

















el enanito lector, que se proteje de la lluvia bajo el porche de Ossolineum.

8/6/09

Un día de excursión


- ¿Y? ¿Cómo ha ido la excursión?
- Bien.
- ¿Sí? ¿Habéis visto animales?
- Sí.
- ¿Qué animales había?
- ¡Conejos!
- ¿En serio?, ¿conejos? Qué bien. ¿Qué más?
- ¡koń!
- ¿caballos?
- Sí.
- Estarías contenta, ¿no?
- Sí. Y me han dejado montar.
- ¿Os han dejado montar a todos?
- No, sólo a mí.
- Ah, ¿y has tenido miedo?
- Sí, pero luego le he dicho al caballo que era yo, y ya no he tenido miedo. Y corría mucho. Luego, cuando me tenía que ir me ha dado un beso.
- ¿El caballo?
- Sí. Y también un abrazo muy fuerte. Es que me quería mucho.
- Ah. Qué raro.
- Sí. Y luego también he montado sobre un conejo.
- ¿Sobre un conejo?
- Sí, con mis amigos. Y el conejo nos ha llevado hasta el cielo.
- ¿Y qué habéis hecho en el cielo?
- Ah, pues la Virgen nos ha preparado unas camas para que descansemos, porque estábamos muy cansados.
- Vaya. Un día muy completo.

* Antes de que Sergio me lo reproche, la foto es sólo decorativa, porque por desgracia no me apunté a acompañar a Joana a la excursión y no tengo fotos para documentar la veracidad de los hechos.

11/5/09

Nos globalizamos


El quiosco y sus ocupantes ya están en Polonia. Llegamos el miércoles y el jueves Joana se incorporó a su nueva escuela, que regentan unas simpáticas monjas salesianas y que queda más o menos en la otra punta de la ciudad. En su clase hay unos 10 niños y niñas de entre 5 y 6 años. Sí; es que está en la clase de los mayores. Creo que la han puesto ahí por su don de lenguas. Todos hablan polaco, desde la hermana Alice (por supuesto, su nombre ha sido simplificado para que yo pueda memorizarlo) hasta su más mejor amiga (de Joana): Caixa (a saber cómo se escribe, pero a Joana le hace gracia tener una amiga que se llama caja -caixa, en catalán-). Joana no habla polaco, pero hasta ahora creo que no ha habido ningún problema de comunicación.

A mí me cuesta un poco más. Por eso me he buscado un traductor: Marek. Tener un amigo polaco cuando vas a Polonia es algo bueno. Lo tengo comprobado. Gracias a él pude comunicarme con la directora del colegio, que sabe algo de italiano pero nada de español. Ella pasaba la información en polaco a Marek, que la traducía para mí al inglés; yo respondía en inglés o traducía al catalán, si tenía que pasar la información a Joana. Marek volvía a convertir mi respuesta en inglés al polaco. Y así una vez y otra. La cosa funcionaba bastante bien, pero la directora quiso probar su italiano, y sí: pude entenderla; pero como no aceptaba que yo lo intentara a mi vez con el español, la cadena volvía a empezar desde el inglés.

Creo que todo este sistema se simplificará en unos días, pues Joana ya empieza a pensar en polaco.