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11/8/09

rigor matemático


- ¿Te cuento una sorpresa, Joana?
- Sí.
- ¡El día 14 vendré a verte! A ver, hoy estamos a 10, así que quedan... ¡sólo cuatro días!
- ¿Y el cinco ya vendrás?
- No, no: ¡el cuarto ya llegaré!
- Ah, entonces faltan tres.
Claro, lo había olvidado. Las matemáticas no son tan objetivas como la gente cree. A Joana y a mí nunca nos cuadran las matemáticas. En nuestros diarios viajes en autobús allá en Wroclaw, solía fijarme en las paradas (intentaba pronunciar correctamente sus nombres y terminé aprendiéndomelas) y allá por Muchobór Mały le decía: ya sólo quedan cuatro (Mińska Rondo, Mińska, Muchobór Wielki y, por fin, stanisławowska). ¿Y a la cinco bajamos? No, a la cuatro. Entonces quedan tres. No, Joana; cuatro. No, mamá: si a la cuatro bajamos, quedan tres. A ver, Joana: llegaremos a una que no será -y levanto el pulgar-, luego a otra que tampoco -el índice-, y después a otra que tampoco -el corazón-, y no habremos llegado aún, por tanto faltará todavía una más -escondo el pulgar y alzo los otros dedos de la mano-. ¿Lo ves? Quedan cuatro.
Nunca la convencí, como se ve.

20/7/09

Y se terminó


Ya el quiosco ha vuelto a su redil.
Joana se subió al avión de esta guisa, porque ya se sabe que en los aviones siempre ocurre algo y alguien grita: ¿hay algún médico aquí? Bueno, pues había uno, aunque más bien chapado a la antigua: abusa de la técnica del sangrado (aquella que ya aplicó don Gutierre, El médico de su honra, a su imprudente esposa).

- ¿Dónde te duele, mamá?
- Aquí en el brazo.
- Te tengo que pinchar, tú no mires.
- Vale.
- Ya está. ¿Te ha dolido?
- Un poco. Mira: me sale sangre. ¿No me vas a poner una tirita?
- Sí, espera, que te quito toda la sangre.
- ¡Pero no me la quites, que la necesito!
- No te preocupes, que sólo te quito la mala.

Hace sólo un par de meses, desangró a Nacho mientras lo tranquilizaba diciendo pero si es sangre; a ver, ¿para qué la quieres?

18/7/09

Día de asueto


Aprovechando un día de sol abrasador, Joana y yo nos fuimos a pasar el día al parque acuático de Wroclaw. Le compré unos manguitos azules y nos metimos en las piscinas. Creo que si no le crecieron escamas fue tan solo porque de vez en cuando tenía que salir para ir al baño. Cuando me harté de perseguirla por el agua, me recosté al sol, consensuando la zona por la que podía nadar, dentro de mi campo de visión (esta vigilancia celosa no me permitió encarar el sol, así que ahora soy como un entrecot mal hecho: quemada por un lado, el derecho, y poco hecha por el otro). Era divertido verla pelear contra la corriente circular -artificial, por supuesto- en la que se había entretenido un rato. Le costó salir, pero lo logró. Nadar hasta las escaleras se convirtió en un reto. Sólo había cinco o seis metros, pero había que atravesar unos pequeños surtidores burbujeantes, que la empujaban en cualquier otra dirección. Aprendió a dar un rodeo. Aun así, el estilo perrito era muy lento, así que, obligada por las circunstancias empezó a nadar de verdad. Veremos si se acuerda este verano en el mar.

En el parque encontramos otros dos enanitos.

15/7/09

Estado de la cuestión


Aunque la estancia en Polonia aún no ha terminado, adelanto alguna reflexión. Ser una "familia monoparental" no es fácil ni tampoco es un orgullo. Lo explico: lo que no es un orgullo es simplemente eso: ser media familia ab initio. Joana sí es un orgullo; y yo soy de natural orgulloso. Lo dejo aquí.

La parte de "no es fácil" no es una queja, no se refiere a los obligados reajustes en el camino, en las preferencias, en las inquietudes. Todo esto es asequible, cuando no sencillo. Lo difícil es educar. Joana tiene un modelo: yo (esto sí asusta). Mis errores hoy son sus errores mañana, y no es una forma literaria de hablar. Reconozco mi falta de paciencia en sus respuestas airadas, mis gestos malhumorados los veo repetidos como en un espejo. La atención tiene que ser constante, ininterrumpida. Cuatro ojos ven más qué dos, así que si sólo hay dos, deben multiplicarse para otear como cuatro. Frenar, corregir, dar marcha atrás, volver a empezar.

Frenar, corregir, dar marcha atrás.

Volver a empezar.

Y en eso estamos.

Ah, sí: la ciudad al fondo es Kłodzko, que a pesar de escribirse así de raro, suena casi como Cusco.

9/7/09

consejos para los días de lluvia



- Mamá, ¡nubes negras! ¡Va a llover! ¿Qué haremos?
- No va a llover; ya ha empezado. ¿Lo notas?
Y, tranquila, me pongo a cantar bajito:
Ja plou, ja plou, ja plou,
ai si el vestit fos nou...

- ¡Mamá, para, que llueve más!
Joana era mi única fan en cuestiones melódicas. Supongo que ya la he perdido.

- Yo, ¿sabes qué haría, mamá?
- No, dime.
- Pues cogería la nube negra y la llevaría a casa y la secaría en el fuego y luego la dejaría ir otra vez al cielo. Y luego con todas las nubes negras y así, ¡ya no tendrían agua!

6/7/09

En el zoo



El sábado aprovechamos el día de sol para visitar el zoo. Un amigo me advirtió: no es buen día; demasiado calor, todos los animales estarán dormidos a la sombra. Pero no hice caso.
El zoo de Wroclaw es grande y es histórico. Se inauguró en 1865 y -dicen los folletos- ha resistido dos guerras mundiales (el zoo, supongo, porque yo no vi ningún animal que pareciera centenario o muy curtido por la vida). Aparte de esto, tiene animales, tiene funcionarios estrechos de miras y tiene chiringuitos de comida basura a precio de oro. Nada nuevo.
Llegamos al zoo desde el río, dando un agradable paseo en barco. Desembarcamos y subimos unas majestuosas escaleras de piedra hasta la puerta. Los demás pasajeros nos adelantaron, pues sufrimos un pequeño percance con un charco. Al llegar a la puerta, un hombre nos abrió y nos dijo que esa no era la entrada*.
- Pero, ¿cómo no va a ser la entrada? Es una puerta, usted la abre, nos deja entrar y listo.
- No puedo. No tienen ustedes entradas.
- Bueno, déjenos pasar e iremos a comprar las entradas.
- No, el reglamento no lo permite. Tienen que ir a comprar las entradas y luego vuelvan y les dejaré entrar.
- Me parece absurdo. Bueno, ¿y dónde está la taquilla?
- Ah, no está lejos. Deben caminar bordeando el muro de piedra y la encontrarán. No creo que haya más de un quilómetro.
- ¡Un quilómetro! ¿Pero no ve que vamos con una niña pequeña, que está cansada, que el sol es muy fuerte?
- Lo siento. Tienen que ir a comprar las entradas.

En fin. Caminamos más de un quilómetro y pudimos comprar las entradas y entrar. El calor era abrasador. Empezamos por buscar a los pumas: encontramos una jirafa, un jabalí enano, un par de monos inmóviles, algunos macacos con el culo al aire, un tigre y dos leones durmiendo a la sombra y bastantes jaulas vacías (los animales dormitaban en algún rincón alejado del sol). Estuve tentada de entrar en el patio de los elefantes, desde donde Dumbo nos miraba con sorna mientras se remojaba una vez, y otra, y otra...

No encontramos a los pumas, así que volvimos al punto de partida y decidimos ir en busca de los cocodrilos. Encontramos poneys, caballos, cigüeñas, cisnes negros, una mangosta (¡como Riky-tiky-tabi!), perros de la pradera, un cartel que anunciaba camellos en los próximos 12 quilómetros -no vimos ninguno, pero tampoco recorrimos 12 quilómetros- y, por fin, una pared en la que Joana leyó (lenta, volviendo a empezar varias veces, pero sola): Krokodyle.
Estaban durmiendo, pero los vimos.



* La conversación que sigue es una adaptación de la realidad, dado que se desarrolló en polaco entre el buen funcionario y Amelia.

2/7/09

El beodo y Joana


Joana no para de hacer amigos. Y algunos más se parecen a John Silver el Largo que al doctor Livsey o el capitán Smollet.
Ayer, después de que la oronda señora que estaba sentada frente a nosotras abandonara el autobús, vino a ocupar su puesto un hombre de mediada edad, con unos cuantos cabellos blancuzcos y no demasiado limpios, camisa vaquera desabotonada, pantalón vaquero y una bolsa de plástico amarillo con cuatro pertenencias bien sujeta en la mano. Se sentó frente a Joana y la sonrisa le salió torcida. Está borracho, pensé. Dijo algo que no entendí. Joana respondió, haciéndose cargo de la situación.
- No, mami no. Mami inglish. Me polac.
Él pareció entender y me dejó en paz para centrar su atención en Joana. Hablaban. En serio, estaban conversando. Dudo que alguno de los dos entendiera lo que el otro decía, pero asentían y respondían. Era una conversación. En algún momento sentí la tentación de decirle a Joana que el señor estaba borracho, como una advertencia. Pero no lo hice. Últimamente, a raiz de La isla del tesoro, los piratas y el ron, hemos hablado mucho de borracheras y sus consecuencias: incapacidad para gobernar un barco, estupidez, alta probabilidad de muerte.
Nuestro borracho no parecía merecer todas estas etiquetas. Nariz grande y rosada, cara redonda, sonrisa franca, ojillos divertidos. Me recordaba a W. C. Fields.

De vez en cuando, Joana, muy considerada, me traducía partes de la conversación:
- Mamá, dice que si quieres un helado.
- Lo dudo.
- ¿Por qué?
- No veo que tenga helados.

O, en otro momento:
- Mamá, me dice que soy la más bonita y que debería ser brillante y que por qué no estoy brillando.

Un poeta.

1/7/09

con esta, 300

Y, como la ocasión es tan buena como cualquier otra, me pondré sentimental.
Ayer, después de una mañana sofocante, el cielo se ennegreció y cayó un chaparrón de los que hacen historia: truenos, relámpagos, lluvia en cantidad y de calidad -goterones gargantuescos- y algo de piedra para amenizar la monotonía del agua. Empezó a tres paradas del colegio, así que, de correr desde la parada hasta la puerta, llegué calada.

En una película, la escena de la puerta merecería un plano pausado, un ritmo lento, para captar perfectamente mi sorpresa (el guardarropa había ocupado la entrada del caserón que hace las veces de escuela; allí, cuatro monjas reunían en torno a sí a unos cuantos niños asustados; esperé unos minutos a que se pusieran a cantar, pero nada) y la de ellos, pues conmigo entró la visión de la tormeta.


My Favourite Things [The Sound of Music]
Vezi mai multe video din Film

Joana corrió a abrazarme con dramatismo. Las monjas me explicaron con signos por qué: al estallar la tormeta, ella empezó a llamarme (no con miedo, sino con preocupación) y se fue a un rincón a rezar. Ya sé que es una actriz empedernida y que no puede evitar estos excesos, pero debajo de tanto teatro hay un verdadero gesto de amor. Me quedo con eso.

27/6/09

Las moscas


Jim y sus amigos se encuentran resguardados en el fortín, acechados por los piratas y preocupados por la escasez de víveres. El capitán Smollet se sienta sobre un tronco caído y se concentra en escribir los sucesos en el diario de a bordo, que ha traído consigo al abandonar la goleta.
Pausa.
- ¿Sabes qué es escribir un diario, Joana?
- No. ¿Qué?
- Bueno, significa que el capitán se puso a escribir todo lo que les ocurría para que, si otros encontraban el diario, supieran que ellos habían estado en la isla luchando contra los piratas. Algo así como cuando yo escribo en el ordenador y cuento nuestras aventuras en Polonia.
- ¿Sí?
- Sí.
- ¿Y has contado lo de las moscas?
- ¿El qué?
- Que hay muchas moscas.
- Ah. No, aún no. Mañana.

En Wroclaw hay muchas moscas. Joana dixit.

26/6/09

una de fotos


El martes permití a Joana faltar al colegio porque la ocasión lo merecía: Marc se desviaba de su ruta para visitarnos en Wroclaw. Fuimos a la estación de tren a recogerlo a él y a Cipri, y les mostramos las maravillas de la ciudad: la lluvia,
el río, alimentado por la lluvia,



el mercado un día de lluvia,



la catedral, bajo un cielo gris que amenaza lluvia,

















el enanito lector, que se proteje de la lluvia bajo el porche de Ossolineum.

25/6/09

facilidad de palabra


Cuando ya he agotado toda la paciencia que soy capaz de llevar conmigo, cuando me siento incapaz de responder otro por qué sin elevar el tono, cuando he apartado de delante de Joana todo lo dañino o frágil y, aún así, el peligro sigue revoloteando,...

- Anda, Joana, ve a buscar un camarero y pídele la carta de postre.

Estamos cenando en uno de los restaurantes del Rynek, de los de "para turistas", con Marc y Cipri, que se han dado una vueltecilla en tren para venir a visitarnos a Wroclaw. Disfrutamos de unos minutos de silencio, aunque procuro no perderla de vista: tiene cierta facilidad para confundir a cualquier cliente de camisa blanca con un camarero. Al entrar, por ejemplo, mientras esperábamos que alguien nos asignara una mesa, su buen corazón la ha empujado a traernos de la mano un "camarero"; no sé de dónde lo sacaría, pero era un comensal que, por fortuna, se lo ha tomado bien.

Joana reaparece, para sorpresa nuestra, con la carta de postre. Sé que ha aprendido mucho polaco, pero ¿a pedir una carta en un restaurante?

- Joana, ¿has cogido la carta o te la ha dado el camarero?
- La he pedido y me la ha dado.
- ¿Y qué le has dicho para pedirla?
- Ah, pues the carten the postren.

23/6/09

Bajkobus



El Bajkobus, el autobús de la foto de ayer, es una iniciativa del Teatro Lalek, el teatro de marionetas de Wroclaw. Según me han dicho, no lleva en marcha mucho tiempo. En algunos puntos estratégicos alrededor del Rynek se han colocado unos carteles en los que se anuncian los días y las horas en que el Bajkobus se detendrá allí. Antes de esa hora ya solemos estar por ahí, vigilando. De pronto, como un evolucionado flautista de Hamelín, aparece este autobús único, al son de una música alegre e infantil que imita los gritos emocionados de los niños. Y los niños, algunos ya lo vienen siguiendo, se congregan a su alrededor. Del autobús se apea un hombre con cara de no haber tenido infancia y coloca la cuerda que separará público de escena. Los niños, prudentes, se sientan en el suelo, del lado adecuado de la cuerda -por ahora-. Joana está en primera fila. Las puertas se abren y he aquí que dentro hay un escenario en terciopelo rojo, con marionetas que cantan, bailan, vuelan e interactúan con humanos.
A veces, no se abre la parte trasera del autobús, sino una trampilla por la que asoma un arlequín medieval (de carne y hueso) que dialoga con marionetas bebedoras de cerveza y un tribunal de estatuas vivas.
A veces, no entender el argumento nos trae algún problema. El tribunal pétreo condenó con voz grave a cuatro marionetas a la cárcel, entre las risotadas de los cerveceros. Joana me miró, compungida: mamá, están en la cárcel; hay tres príncipes y una princesa... Como no entendía nada, respondí lo que me pareció más lógico: No te preocupes, ya los salvarán. Pero terminó la función, desapareció el arlequín y desaparecieron las marionetas; sólo quedó en escena la reja tras la que estaban los cuatro tristes presos.
Los niños se acercaban para ver de cerca a los títeres. También nosotras.
- Mamá, no los han salvado...
- ...
Y en un susurro: - Mamá, ¿nos llevamos uno?

21/6/09

Hijas de la farándula


Nos hemos aficionado al teatro, cada una en su estilo. Y a ninguna de las dos nos importa demasiado que los actores hablen en polaco. Hace unas semanas convencí a un par de compañeros de la universidad para que me acompañaran a ver Król Lear (traduzco, para los que no entendéis polaco: El rey Lear), solamente porque el cartel -un arlequín sonriente abrazando a un anciano aún digno pero perdido, sobre fondo negro- me había parecido muy interesante y prometedor. La obra no me decepcionó en absoluto. No entendí el texto, claro, pero la pantomima dominaba la escena y el arlequín era el maestresala. También ayudó, claro, aquello de conocer el argumento de antemano.
Estos días se celebra en Wroclaw un festival de teatro con la excusa de que hace diez años que murió su dramaturgo menos convencional: Jerzy Grotowski (realmente un innovador, aunque no estoy cualificada para juzgar sus logros), así que pude asistir a una nueva representación: Kaspar. Esta vez no tenía ni idea del argumento, así que un amigo me cuchicheó un resumen antes de que se apagaran las luces: Es acerca de Kaspar, el niño que encontraron en Berlín; el niño salvaje. Está muy conectado con lo del niño salvaje y con Rousseau. Me gustó. No entender el texto te obliga a fijar la atención en el decorado, los movimientos, los tonos de voz, las expresiones. Pero también es cansado. Así que sobre las 12 (había empezado a las 11 de la noche) empecé a notar lo pesados que pueden llegar a ser los párpados. El actor -Kaspar- que hacía un rato que monologaba por el escenario, debió de verme, en primera fila, dando cabezazos (cosas del teatro de vanguardia: el escenario acaba donde empiezan las sillas, las luces se mantienen encendidas, el actor interactúa con el público...) y decidió despertarme. Se acercó y me habló directamente. No entendí nada.

A Joana le fascina el Bajkobus, que explicaré otro día. De momento sólo la foto, a modo de aperitivo.

19/6/09

matar el tiempo


Todas las mañanas, de lunes a viernes, Joana y yo nos levantamos temprano -yo rápido, ella remolonea-, desayunamos -yo rápido, ella saborea el aire-, nos vestimos -yo rápido, ella se distrae después de las bragas y un calcetín y empieza a jugar- y salimos a todo correr para coger el autobús.
De nuestra casa hasta la escuela hay, según el horario de la compañía, 20 minutos; en realidad, nunca menos de media hora. Si encontramos tráfico, lo cual es frecuente, entre 45 y 70 minutos. Vivo resignada, pero a mí, que soy de pueblo, me sigue resultando un sufrimiento digno de alabanza. Por supuesto, no puedo distraerme leyendo; Joana no me lo permitiría, y no sería tampoco justo con ella, que aún no puede leer. Intenté varias técnicas para matar el tiempo: parchís magnético, cartas, escribir postales (difícil, muy difícil, cuando te toca un autobús anciano que traquetea peligrosamente por el asfalto abollado)... Pero los recursos que han dado mejor resultado han sido contar cuentos por turnos y leer La isla del tesoro. Como debo detenerme de vez en cuando para explicarle lo que acabo de leer, a veces ambas técnicas se mezclan, pues Joana aprovecha para dar su versión de la historia:

- Así que Jim estaba escondido en el barril de manzanas, muerto de miedo, pensando que si salía... ¿sabes que pasaría?
- Sí, que los piratas le (sic, y en catalán es incorrecto) matarían.
- Sí, pues escuchaba...
- Ah, pero yo, ¿sabes qué haría? Pues yo iría de puntillas y cogería a mi papá y lo escondería, y pondría una escalera y cogería un martillo... un martillo que no hiciera ruido [hay que pensar en todo] y rompería la ventana y me escaparía.
- ¿Y dejarías a tus amigos con los piratas?
- ¿Qué amigos?
- Pues el doctor y el capitán y el señor Trelawney.
- No. Los cogería. Y me tiraría al mar y nos subiríamos a otro barco y nos escaparíamos.
- ¿Sí?
- Sí.
- ¿Quieres saber qué hizo Jim?
- Sí.

15/6/09

cosas del tiempo


No volveré a quejarme del clima de Pamplona. En Pamplona, como cualquiera sabe, el clima es caprichoso; pero a un tiempo caprichoso le puedes adivinar el humor, más o menos. En wroclaw el clima es un loco inconstante con ganas de broma, que es mucho peor. Uno decide, por ejemplo, ir de excursión al santuario de Jasna Góra, a visitar a la Virgen negra de Częstochowa. Bien. El día amanece nublado, de acuerdo con las predicciones, pero la lluvia espera pacientemente a que salgas de casa para empezar a caer suavemente, sólo como advertencia a lo que te espera.
Compras los billetes, encuentras el andén correcto, subes al tren, buscas un compartimento, te sientas, el tren se pone en marcha.

A los cinco minutos, el sol te ciega y adormece. Parece que las predicciones han fallado y que tendrás buen día. Tres horas de sol en la cara empiezan a marearte, pero te aferras a la promesa de un día luminoso. Llegas a Częstochowa y dejas el tren. En la estación, aprovechas para asegurar la hora de regreso, mientras la salita se va llenando de gente. Parece que nadie se decide a salir de la estación. ¿Por qué? Te asomas: lluvia torrencial. Pero sales, porque al fin has venido a lo que has venido y ya no hay vuelta atrás. Y caminas dos quilómetros bajo la lluvia y llegas al santuario y visitas a la Virgen y sufres con paciente estoicismo el agua, el frío, incluso el granizo. Y regresas al tren, porque poco más se puede hacer en Jasna Góra. Y el tren se pone en marcha.

A los cinco minutos, el sol se destapa y empieza a reirse de ti.

8/6/09

Un día de excursión


- ¿Y? ¿Cómo ha ido la excursión?
- Bien.
- ¿Sí? ¿Habéis visto animales?
- Sí.
- ¿Qué animales había?
- ¡Conejos!
- ¿En serio?, ¿conejos? Qué bien. ¿Qué más?
- ¡koń!
- ¿caballos?
- Sí.
- Estarías contenta, ¿no?
- Sí. Y me han dejado montar.
- ¿Os han dejado montar a todos?
- No, sólo a mí.
- Ah, ¿y has tenido miedo?
- Sí, pero luego le he dicho al caballo que era yo, y ya no he tenido miedo. Y corría mucho. Luego, cuando me tenía que ir me ha dado un beso.
- ¿El caballo?
- Sí. Y también un abrazo muy fuerte. Es que me quería mucho.
- Ah. Qué raro.
- Sí. Y luego también he montado sobre un conejo.
- ¿Sobre un conejo?
- Sí, con mis amigos. Y el conejo nos ha llevado hasta el cielo.
- ¿Y qué habéis hecho en el cielo?
- Ah, pues la Virgen nos ha preparado unas camas para que descansemos, porque estábamos muy cansados.
- Vaya. Un día muy completo.

* Antes de que Sergio me lo reproche, la foto es sólo decorativa, porque por desgracia no me apunté a acompañar a Joana a la excursión y no tengo fotos para documentar la veracidad de los hechos.

5/6/09

La fiesta/ 2


Antes de empezar, la maestra agradeció nuestra asistencia y nos explicó que en la clase había una niña española, menor que los demás, que probablemente resultaría divertida, pues era impredecible; en cada ensayo había hecho algo diferente.
Los niños entraron en fila, todos con mallas negras, camisetas de diferentes colores y un pañuelo de otro color anudado a la muñeca. Al son de la primavera de Vivaldi se despertaron y danzaron y agitaron los pañuelos. Joana me miraba, divertida, y de vez en cuando intentaba explicarme que pasaba.
Acabada la música, dejaron los pañuelos en un rincón y se repartieron por el aula: cantaron una canción, recitaron unas frases para las mamás -las frases de Joana fueron en español-, cantaron otra canción, fueron a buscar imágenes de la Virgen que tenían repartidas en algunos rincones y recitaron algunas frases para la Madre de Dios, cantaron un poco más y, por fin, se prepararon para la representación.


Iban a dramatizar El patito feo. Yo sabía que Joana sería uno de los patitos no-feos; al principio, la idea le gustaba, hasta que descubrió que ser el feo significaba ser el protagonista. Pero se conformó. De repente, las camisetas de colores aleatorios cobraron sentido: la naranja era una gallina (la más graciosa y pizpireta, a pesar de que no entendí nada de lo que dijo), el rojo, su esposo, el gallo; las dos chicas con camiseta negra y, encima, otra blanca de tirantes eran pájaros, no puedo especificar más. Y había una pareja en blanco y otra en verde, a saber qué animales serían. Y el matrimonio pato y sus tres huevos: tres niños cubiertos con un tul rematado por un lazo. A Joana no le gustaba demasiado esto del tul, pero le habían dicho que no se lo quitara, así que se entretuvo masticándolo. Al romper el cascarón, la mamá pata presentó a su primer retoño, una niña linda que saludó con cortesía: Dzień dobry. El segundo huevo rompió el cascarón y Joana, mi actriz en ciernes, avanzó hasta el centro del escenario y saludó: Dzień dobry. No diré que el público estalló en una sonora ovación, porque no hay que exagerar, pero tengo para mí que sólo fue porque la gente se contuvo.


En fin, no os contaré el resto de la historia, porque todos conocéis el cuento. En algún momento Joana se cansó de su papel de extra y fue a sentarse al lado de la profesora; sólo regresó al final, cuando todos abrazaron en corro al patito convertido en cisne que volvía al hogar.

3/6/09

La fiesta/ 1



La semana pasada Polonia celebró el día de la madre. Parece que esto del día de la madre no es universal, me imagino que cada país elegirá el suyo en función de cómo les dé la brisa. Nunca lo había disfrutado tanto.

La gran ventaja del cole donde ahora está Joana es su tamaño: es pequeño. Para celebrar el día de la madre, cada una de las tres clases (equivalentes en España a Educación Infantil 1, 2 y 3; Joana está en la 3, aunque por edad le correspondería la 1) organizó un espectáculo. El nuestro era el miércoles. Padres, madres, hermanos y amigos, unos quince o veinte en total, nos acomodamos en los bancos colocados para la ocasión en la clase de los niños. La clase es entrañable. La primera vez que la vi me recordó mi propia infancia, cuando no había tanta sicología en el parvulario y las profesoras se encargaban de enseñarnos a jugar y a ser buenas personas. No hay rincones temáticos, ni un ordenador, ni una hora diaria de inglés. Hay pitufos enormes en la pared y una alfombra roja en el suelo. Delante de los ventanales, tres mesas largas con sillas para cada uno de los niños, aunque les he visto utilizarlas muy pocas veces. Enfrente, unos estantes llenos de cachibaches: muñequitos multicolor, algunas Barbies tomando el sol delante de una cartulina de fondo exótico, animales varios, pequeños poneys de cabellera brillante... De unos cajones marcados con los nombres de los dueños asoman algunas cebras de peluche. Son premios para cuando han hecho algo bien. Al lado de la puerta, un futbolín de plástico.

En esta clase tan acogedora nos sentamos a esperar.

1/6/09

un encuentro


No me fijo demasiado en la gente que espera el tranvía junto a nosotras. A veces porque estoy pendiente de Joana, otras simplemente porque estoy en mi nube. Joana, en cambio, sí se fija. Observa a unos y a otros con descaro y elige una víctima. Se acerca y le habla: "And then... mamá, mother, Mònica. And then, anorak: anorako... and then butxaca*... (Mamá, ¿cómo se dice butxaca? ¿En inglés? Sí. Pocket.)... pocket, yes. And then.

A veces, como si tuviera una especie de imán para la gente, son ellos los que se acercan. Un señor mayor vino directo hacia nosotras, se sacó del bolsillo una moneda de chocolate y se la dio. Sin decir nada. Sí, ya sé: la teoría dice que no hay que aceptar caramelos de un extraño. Pero no quise decirle que no confiara en los extraños. Otro día es una señora la que se pone a hablar con ella y, como no logra entenderla, me pregunta a mí en polaco. Joana se ríe y le explica:
- Mamá, mother, Mònica. English, catalán. No portu, no, no, no, no.

Pero ayer no fue Joana la estrella, sino yo. Disfrutaba del vaivén del tranvía con Joana sobre mis rodillas, cuando alguien me tocó el hombro. Me giré. Un señor que aparentaba alrededor de medio siglo, espigado, pelicorto, desdentado me sonreía. Preguntó si éramos españolas. Entendí "España", deduje el resto. Dije que sí e iba a girarme, orgullosa de haber podido satisfacer su curiosidad, pero empezó a hablar de nuevo. Intenté decirle que no entendía nada, pero, si lo comprendió, no pareció importarle. Siguió hablando. Yo sonreía, que siempre es un modo de hacer como que escuchas a alguien. Creo que le gustaba el fútbol, porque empezó a cantarme resultados deportivos. El Barça empató contra el Deportivo de la Coruña. También se sabía la alineación del Barça: Messi, Eto'o... Yo seguía sonriendo y afirmando. Claro, no iba a contarle que no me gusta el fútbol, y el Barça, menos. Llegó nuestra parada y el señor seguía hablando conmigo. Me recordó a un cuento de Yiyun Li. Me levanté para dar a entender que teníamos que bajar. Preguntó algo sobre la familia. Decidí que quería saber si teníamos familia aquí y dije que no, y señalé a Joana -que ya había cambiado de asiento- y a mí: sólo nosotras.

Me tendió la mano y se la estreché, pero él, con un giro suave, alzó un poco mi mano, bajó su cabeza y me plantó un beso. Y así me fui a pasear: con una conversación amable y extraña y un beso agradecido en la mano.


* bolsillo.