22/9/10

La virtud de la generosidad

Joana ha encontrado una moneda de 20 céntimos y se siente muy rica. Juguetea con ella, acaba en su boca. Se la quito.

- ¡Mamá!
- No.
- Mamá...
- No. Luego te la devuelvo. Mira, mañana saldremos a pasear por Valencia. Si vemos una tienda de chuches, te la devuelvo y te puedes comprar lo que quieras.
- ¿Sí?
- Sí.

En su imaginación, los 20 céntimos se convierten en montañas de caramelo.

***

- Mamá, ¿me devuelves el dinero?
- ¿Te vas a meter la moneda en la boca?
- No.
- Toma.

De camino a la catedral no vemos ninguna tienda de chuches, y la moneda va quedando olvidada en el fondo del bolsillo.

- ¡Mamá, un señor pobre! Dame una moneda.

Se la doy. Mi tacañería aún no ha sido capaz de poner barreras a su caridad. Pero es la última que me queda. A poca distancia, otros dos señores tienden la mano a los feligreses desde ambos lados del portón de la catedral, como encorvados guardianes de la entrada.

- ¡Mamá! Mira. Dame otra moneda.
- No tengo más, Joana.
- ¿Abuela?

Tampoco la abuela puede resistir esta avalancha de amor al prójimo y abre su monedero. Al salir de la catedral, en una de las callejuelas laterales, un hombre joven está de rodillas en el centro de la calle. Tiene la vista levantada y la mano extendida y pide más con la mirada que con los labios. La marabunta humana que hoy pasea por aquí se divide en ese punto como las aguas del mar rojo, y se une de nuevo una vez salvado el escollo insignificante.

- ¡Mamá!

Ya sé qué quiere, pero es cierto que no tengo más monedas, así que respondo mientras andamos, alejándome de ese pobre Moisés sin séquito.

- Mamá... Está de rodillas en el suelo. ¡Pobre!
- Sí, Joana. Ya lo he visto.
- Mamá, ¿tienes una moneda?
- No, Joana, no me quedan más.

Nos detenemos al final de la calle, para decidir qué dirección tomar.

- Pero, mamá, ¡está de rodillas en el suelo!
- Mira, Joana. En el bolsillo aún tienes tu moneda. En la plaza de la catedral he visto una tienda de chuches. Ve y decide si quieres gastarla en chuches o dársela a ese señor.

Joana enfila calle arriba. Aunque finjo dejarla ir sola, la sigo de lejos. Se detiene cerca del arrodillado y piensa. Arranca a correr, con la moneda en la mano. LLega hasta él y le entrega su moneda y vuelve sonriendo, consciente de su buena acción.

5 comentarios:

El del sur dijo...

¡Muy bien!. ¡Cómo van creciendo!

Pecé dijo...

No sé si pudo haber sido más bíblico, milagros aparte. Me imagino tu emoción, grande como puerta de catedral. Pero dado que conozco los ingredientes de esta receta, nada de este relato me sorprende.

Anónimo dijo...

Pues sí, la ví pensativa y le pregunté: Joana que nos vamos ¿no vienes?
- Espera, estoy pensando que és más importante.

Un petó.
L'avia

Enric dijo...

¡Qué liiindo...!

Liège dijo...

Joana es una niña preciosa. ¡Qué buen corazón tiene!
Besos a toda la familia.