22/5/08

compartir


Esta semana Joana y yo no estamos solas por las tardes: cuidamos de Javier. Javier tiene un año y es la mar de simpático. No habla, pero balbucea, chilla y, sobre todo, ríe a carcajadas. Gateando, está hecho un fitipaldi; de pie aún no va muy seguro, prefiere la seguridad de un apoyo: la pared, una silla, la camiseta de Joana. Su pasatiempo favorito es hacer pedorretas y perseguir a Joana.
Yo estoy encantada, pero Joana se debate entre su buen natural y el inconveniente de tener que compartir a mamá, sus atenciones, cuidados, chistes, gracias y besos.
Ayer fui a recogerla a la guardería con Javier, pensando que le haría ilusión. Me vio por la ventana y no se rió. Sus maestras también nos vieron.
- Joana, ¿has visto quien viene?
- Sí, mamá.
- ¿Y ese bebé? ¿Quién es?
- No sé.
- ¿Cómo se llama?
- No sé.
Pero lo enseñó a sus amigos.
De camino a casa, le prometí un regalo porque su maestra me había contado que se había portado estupendamente y -esto es importante, por la novedad- que se había dormido enseguida a la hora de la siesta. Sonrió y me lo agradeció con un poco de teatro.
- ¡Oh, qué bien! Un regalo. Me gustan mucho los regalitos, mamá.
- Pues sí, un regalo porque te has dormido enseguida y te has portado muy bien.
- Pero mamá -su buen natural, debatiéndose por salir al paso-, será un regalito para mí y para Javier, ¿vale?
- No, Joana. Es un regalo para ti sola.
Sus grandes ojos marrones se abrieron más de lo que creía posible. Esta vez no era teatro: era felicidad en estado puro. Se abrazó a mi pierna sin decir nada.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Unos ojazos que encantan.