12/5/08

la flor


El día del libro Joana consiguió, además de dos libros, una flor. El chico que las entregaba le preguntó cuál quería y ella, viéndose invitada, pasó al otro lado del mostrador para señalar una gerbera rosa palo de tallo larguísimo. De vez en cuando, Joana la sacaba de su improvisado jarrón en la cocina y la paseaba por la casa, mostrándola y ofreciendo su aroma -imaginado aroma- a todos quienes encontrara a su paso. A Andrea, que tiene mucho genio, no le gustó que la obligaran a olisquear una flor y agarrando con fuerza el tallo la meneó para dejar clara su postura, con tan mala pata que el largo tallo cedió. Intenté consolarla con palabras dulces, con ideas convencionales; le dije que ahora podríamos ponerla en un jarrón más a su medida, que a la flor le gustaría... Pero nada funcionaba. Hacía falta una idea extravagante y sencilla, lógica. Sergio dio con la solución.
- Dame, Joana, intentaré arreglarla.
- ¿Sí?
- Sí. Verás. Dame también el tallo roto. Ahora lo anudo... Vaya, cuesta un poco... Espera. Así. ¿Ves? Pero no la menees mucho.
- Gracias.

Ya sonreía. Pero la solución era solo temporal. Aguantó unos diez minutos. Sergio, Eva y Paula estaban ya en la puerta, a punto de marcharse.
- Mira. Otra vez se ha roto.
- Humm. Es cierto.
- ¿Y ahora qué voy a hacer?
- Ya sé. La curaremos. Vamos a ponerle una tirita.
- ¿Una tirita?
- Sí. Mira. Ya está. Pero aún está un poco débil. Ponla en su jarrón y mañana se habrá recuperado.

Epílogo
Por suerte para mí, al día siguiente Andrea le regaló otra Gerbera, a modo de disculpa, y yo pude tirar la pobre lesionada y ya mustia sin que Joana se diera cuenta.

2 comentarios:

CaO dijo...

Tienes razón, Mòmo: lo que hace falta la mayoría de las veces es esa solución extravagante, que nos haga mantener la esperanza.

Es tan fácil...

Marc Roig Tió dijo...

¿Y coserla?