25/1/10

Por amor a la cruz


Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Marcos 8, 34).

Ayer visitamos el monasterio benedictino de Leyre. Llegamos con el tiempo necesario para visitar la cripta, donde Joana buscaba dragones detrás de cada columna, Eugenia llamaba su atención sobre los diferentes dibujos de los capiteles y yo jugaba con Félix. Rodeando el monasterio, nos detuvimos un momento en el antiguo claustro. Joana y Eugenia buscaban letras sobre el muro y, cuando las encontraban, escuchaban por si las piedras querían contarles su historia. En el centro de este patio hay lo que imagino es el capitel hallado en unas excavaciones, aunque también podría tratarse, según Eugenia, de una fuente, o, según Joana, de una cosa que es eso donde... [mamá, ¿cómo se dice "batejar" en castellano? Bautizar] ...donde bautizan a los niños.

Las campanas nos llaman a misa. Misa concelebrada y cantada. Preciosa para nosotras, adormecedora para Félix y terriblemente larga y aburrida para Joana. Claro: acabó como acabó, con pelea silenciosa. Al finalizar la misa, yo estaba enfadada porque Joana, desobedeciendo, había huído de mi lado para ir a sentarse junto a Eugenia. El abrigo de Joana aún estaba en el banco.

- Eugenia, ya que Joana va a quedarse contigo deberías recordarle que se ponga el abrigo. Fuera hace frío.
- ¡Mamá! ¡Yo quiero ir contigo!
Pero sigo caminando, terca e infantil (¿qué le vamos a hacer?).
- Ven, Joana. Vamos a buscar tu abrigo.

Joana y su abrigo salen de la iglesia emulando a una plañidera profesional. El hermano Xabier, monje tecnicolor*, se compadece de ella, la aúpa, la escucha y le recomienda conversar con santa Juana de Arco como con una amiga. Pero ¿qué le digo? No sé; mira, por ejemplo, puedes decirle es que a veces mi madre dice unas tonterías...

Se despide de nosotras con un beso, como manda la regla benedictina (cap. LIII, sobre la recepción de los huéspedes).

El hermano Xabier ha curado nuestro enfado. Después, Eugenia me cuenta qué ha pasado mientras recogían el abrigo.
- Mira, Joana, la Virgen. Vamos a rezarle y a pedirle que nos ayude a ser muy buenas.
- Sí. Voy a rezar. Y le pediré a Dios que me dé paciencia para aguantar a esta familia que me ha tocado.


* - Pero... ¡tienes la barba de colores!
- Claro. ¿Creías que estabas hablando con un monje cualquiera? ¡Yo soy un monje tecnicolor!

8 comentarios:

Javier de Navascués dijo...

Buenísimo final: vaya caradura tiene esta gente.

Mae dijo...

Qué horror este monje que incentiva la ya exhuberante imaginación de Joana. Qué poco educativo, qué ejemplo...

Enric dijo...

¿Encontrasteis dragones?

Ferran dijo...

¡Qué orgullo de sobrina, Dios mío!

el caminante dijo...

Hola. Bonitas historias familiares. ¿Son ustedes arqueólogos? Interesante paseo religioso...
Saludos desde Yucatán

Pecé dijo...

Como conozco a los ingredientes de esta receta, sé que todo fue tal cual está escrito; sino, creería que es de ciencia ficción. Ningún personaje es verosímil, aunque todos tengan algo de humano. Y el más misterioso y sorprendente, tal vez por su desenlace, es el monje, que bien podría haber sido un personaje secundario de Star Wars.

Liège dijo...

Jeje...
¡Os echo de menos!
Besos.

nico dijo...

Me ha sorprendido lo de la barba de colores! ¿No le hiciste ninguna foto?