7/4/10

Ni Harry P. sabe tanto


He enseñado a Joana a hacer magia. Algunas veces le sale bien, otras no tanto.
Era tarde. Habíamos salido de la vigilia pascual y nos íbamos a cenar para celebrar la resurrección. Pero, claro, ya era tarde y tanto Joana como Andrea estaban cansadas. Empezaron a pelear por una tontería. Por una copa. Porque ambas querían esa copa, no cualquiera de las tres copas idénticas que estaban a su lado. Esa.

Me la llevé al baño, llorando (ella, yo no), y aproveché esa intimidad para hacer teatro.

- Mira, Joana. Te enseñaré a hacer magia. Observa.
Ya no lloraba, pero su cara era una elegía. Levanté mis dos índices, con el izquierdo amenacé al derecho: ¡eh, tú!, ¡esto es blanco! El índice derecho se encaró con su agresor: ¡Ni de broma!, ¡es negro!

- ¿Te das cuenta?: pelea. Pero ahora mira.

Repetí la amenaza del dedo sinientro, pero esta vez el agredido no se encaró con él, sino que respondió con dulzura: Está bien, si a ti te lo parece. Mi índice se movía alterado y aún intentó atacar: ¿Es que no me entiendes? ¡Te digo que es blanco! Pero el diestro no se inmutó: De acuerdo. Yo creo que no, pero no importa.

Joana ya se reía. Regresamos a la mesa. Andrea tenía una copa en las manos, pero aparentemente aquella por la que peleaban estaba en su sitio. Joana la cogió.

- ¡Eh, Joana! ¿Sabes qué? En realidad, esta copa estaba aquí y esta aquí. Las he cambiado.
- No me importa.

Me miró con complicidad: había hecho magia.

Ahora, de vez en cuando, en el momento en que presiento su estallido la llamo y le susurro: magia. Y a veces ella logra, con magia, convertir su mueca en una sonrisa.

6 comentarios:

pau dijo...

Fantástico! cómo me gusta! beijinhos para las dos.

Javier de Navascués dijo...

A mí los míos me hubieran mordido los índices.

Marta dijo...

¡Qué bien me vendrían unas clases de ésas de tanto en tanto! :)

Francis dijo...

Me apunto a tus clases de magia, Mònica. ;-)

Enric dijo...

Lástima que hayas aprendido tan tarde a hacer magia. Si tu mamá te hubiera enseñado cuando tenías la edad de Joana, yo no me habría clavado un taburete en el rabillo del ojo...

mòmo dijo...

¡Ah, no! Puedes decir que María no se habría abierto la cabeza, pero en tu caso fue un accidente motivado por mi generosidad...