25/7/11

El poso de la educación


Mi hermano me llama en un aparte.
- Oye, es que Joana me ha contado un secreto.
- Ah.
- Sí. Me ha dicho que como tú no dejas que se pinte las uñas, todas las noches coge el pintauñas de María y se las pinta sin que te enteres. Dice que el primer día se pintó todo un dedo, pero que ahora ya le sale bien.

El secreto me hace gracia.

- Ya sé que es una tontería, pero te lo digo por si quieres saberlo.
- Hombre, sí. No me importa lo de las uñas, pero me molesta que me esconda cosas. Mañana me fijaré en sus uñas y se lo preguntaré directamente. Gracias.

***

Por la mañana, mientras desayunamos y nos contamos sueños e historias, Joana confiesa sin que nadie le pregunte.

- ¿Sabes, mamá?, yo tenía un secreto, pero me acordé de aquello que me dijiste, que no te gustaba que tuviera secretos yo sola, y se lo conté a Ferran.
- Ah, me parece muy bien. ¿Y qué secreto era?

Se ríe un poco y remolonea.

- Es que... Me da un poco de miedo...
- ¿Miedo? ¿Acaso crees que vamos a dejar de quererte? Dinos.
- Está bien.

Y nos cuenta con detalle la historia de las uñas. Por supuesto, no la riño. Le advertimos que el pintauñas no es suyo y que debe pedir permiso, le recuerdo que está muchísimo más guapa tal como es, que por eso no me gusta que se pinte. Pero en el fondo me burbujea el orgullo. Yo le dije eso; le dije que aunque a mí no quisiera contarme algo, no era bueno que tuviera secretos ella sola. ¡Y lo entendió!

2 comentarios:

El del sur dijo...

Como tú me dijistes un día, parece que no, pero algo les queda en los bolsillos (puentes, puentes....)

Liège dijo...

Buenos, ahora Joana puede compartir sus secretos con toooodos los lectores de este quiosco.
Besos.